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Del PC y su madre KGB
Paolo Luers, 21 de mayo de 2007 / EL FARO
El cuento sobre la incidencia del KGB en la guerra salvadoreña, publicada pomposamente por La Prensa Grafica, hizo el milagro de hacer feliz, al mismo tiempo, al PC y a ARENA. Ambos necesitan que la gente crea que el PC y su madre KGB hayan jugado un papel importante en la guerra. Uno para justificar su rol dominante en el FMLN, cuando durante la guerra generosamente dejó a las demás organizaciones las tareas de combatir, de construir y defender frentes, de establecer control territorial, e incluso la estratégica tarea de abastecer a los frentes de armas y pertrechos. Y ARENA obviamente está feliz de tener al fin “la prueba” de su vieja tesis de que el país estaba siendo atacado por el comunismo internacional y no por el encachimbamiento histórico de sus campesinos y estudiantes. Pueden seguir haciendo campaña electoral contra el enemigo eterno.
Yo no pongo en duda los hechos reportados por La Prensa Gráfica. Bien pueden ser correctos. La mentira no está en los detalles, las fechas, los nombres, las cifras. Está en el contexto. El cuento dudoso no es que Schafik haya gestionado en Moscú, Hanoi y Cuba por cantidad de armas y municiones, esto no está en discusión, sino reside en la relevancia que este hecho adquiere si el reportaje ni siquiera pregunta –y mucho menos investiga- todo el contexto. De esta manera los hechos reportados –los fusiles M16 de Vietnam, los dos vuelos con cohetes antiaéreos- adquieren una relevancia para la guerra, para la consolidación de la guerrilla, para su capacidad de enfrentarse al ejército apoyado y abastecido por Estados Unidos, que en realidad nunca tuvieron.
Está bien que un reportero reciba del PC salvadoreño la oportunidad de ir a Cuba y entrevistar a un general del KGB retirado (porque cuesta imaginarse a un periodista de La Prensa Gráfica llegando por cuenta propia a La Habana buscando a generales retirados del KGB); está bien que reciba del PC toda la información y las pistas para reconstruir la historia de las armas recuperadas por el Vietcong y después regalados a Schafik. Claro que a cualquier reportero joven le encantan este tipo de pistas. Pero esto no justifica, por nada, quedarse con esta historia así como mis fuentes me la quieren vender. Pistas son para encender la curiosidad del reportero, el deseo de saber más, las ganas de saber todo, el afán de ver más allá de lo que me enseñan. Incluso la desconfianza, la pregunta por el interés que tiene la fuente para darme una pista.
El problema que ahí se plantea es el periodismo del cebo. Te ponen como cebo una información que nadie tiene. La trampa se cierra cuando no tenés la capacidad, o la curiosidad, o los recursos o el apoyo de tu medio para investigar independientemente. No es primera vez que le pasa a Ricardo Valencia. Aceptó la oportunidad de ir a Guantánamo. Obviamente los gringos lo dejaron ver, escuchar, grabar, fotografías, exactamente –y solamente- lo que ellos querían que viera y publicara. Si uno no tiene la capacidad de complementar, contrarrestar, contextualizar la información cebo, es pecado tragársela. Es fatal. Es veneno. Es trampa. Ricardo Valencia –un reportero joven, talentoso, ambicioso, pero poco fraguado- no tenía la más mínima posibilidad de hablar con los presos de guerra y presos políticos en Guantánamo que las autoridades militares norteamericanos no le querían presentar. Se tragó el cebo. Publicó su reportaje sobre Guantánamo. No podía reportar otra cosa, sólo lo que los gringos querían que se publicara. Pero como para El Salvador es exclusivo, se convierte en otro éxito de La Prensa Gráfica.
Esta vez es peor. Porque esta vez Ricardo Valencia y La Prensa Gráfica, con un poco más de paciencia y profesionalidad, hubieran podido investigar más allá del cebo que les puso el PC. Si de periodismo investigativo se tratara –y no de un golpe de publicidad y de conveniencia política con los dos bandos-, hubieran por lo menos tratado de investigar cómo hicieron los guerrilleros en Morazán y Chalatenango para abastecerse de armas mucho antes de que Schafik viajara a Moscú y Vietnam. Incluso mucho antes de que el PC hubiera tomado la decisión de unirse a la lucha armada.
Porque una cosa es evidente para cualquiera que haya vivido o investigado la guerra: Si los guerrilleros concentrados en enero del 81 en Chalatenango, Guazapa y Morazán, y los insurgentes listos para lanzarse en Santa Ana, San Salvador, San Miguel hubieran esperado que llegaran las armas del KGB, no se hubiera dado ni la ofensiva de enero del 81, ni la incorporación a la guerrilla de miles de campesinos, estudiantes y obreros perseguidos. Si los miles de combatientes hubieran esperado que los llegaran a dirigir los militantes del PC egresados de academias militares en países de Europa Oriental nunca hubieran destruido los cuarteles de El Paraíso, San Miguel; nunca hubieran formado la BRAZ y nunca hubieran terminado con el control de la Fuerza Armada sobre la franja norte de La Unión, Morazán, San Miguel, San Vicente y Chalatenango.
Tiene razón Héctor Silva jr., quien en una columna dedicada a elogiar el reportaje sobre el KGB dice: “Hay una buena parte de la historia de la guerra que no está escrita”. Pero es insólito querer vender la idea de que La Prensa Gráfica esté llenando este vacío. No con series como la de Galeas sobre el mayor D’Aubuissón, y mucho menos con esta sobre el KGB. Precisamente el cálculo del PC, al dar a La Prensa Gráfica, la pistas que llevan al KGB, era que las demás organizaciones, las que antes y durante toda la guerra y sin ayuda del KGB abastecieron al ejército guerrillero de armas, municiones, dinero, inteligencia, etc. no acostumbran hablar de esta parte estratégica de la guerra. No hablan sobre cómo, dónde y con el apoyo de quiénes consiguieron armas. No se jactan cómo, por dónde y con el apoyo de quiénes lograron meterlas a los frentes de guerra. No cuentan los nombres de los oficiales salvadoreños y hondureños que les vendieron armas. Las fuentes de Ricardo Valencia en el PC saben que en este contexto de reserva que suelen guardar los verdaderos revolucionarios, ellos podían perfilarse como el partido que hizo posible la lucha armada. El día que salió esta primera parte reportaje sobre el KGB –la parte sobre el triángulo Vietnam-Unión Soviética-Schafik- muchos veteranos guerrilleros en El Salvador se debatieron entre risa y rabia. Uno me habló de Morazán diciendo: “Ahora resulta que fue el PC que hizo posible la guerra. ¡Qué chiste más cabrón!” Y otro, quien estuvo a cargo de muchos de los traslados clandestinos de armas a los frentes de guerra, dijo: “¡Qué galán lo de los 15 mil fusiles que dicen que mandó el KGB! Entonces, al fin podemos sacar la cuenta de cuántos miles el PC perdió en sus traslados y cuántos miles vendió en otros países para financiarse. Porque aquí no ha llegado ni fracción de los 15 mil.”
Si ya muchos guerrilleros se rieron de la primera entrega, la segunda los dejó pasmados. Suena sensacional lo de los dos aviones que transportaban los cohetes antiaéreos SAM-7. Pero la verdadera historia, la verdadera sensación, es la de los incontables traslados de cohetes SAM-7 que se hicieron exitosamente por aire, agua y tierra. La historia a investigar es cuándo, dónde y cómo se consiguieron estos cohetes, aun y cuando los partidos comunistas de Moscú, Cuba y –consecuentemente- El Salvador habían dado órdenes de evitar que estos cohetes cayeran en manos de los guerrilleros en El Salvador. La historia a investigar hubiera sido cómo la guerrilla los utilizó –sólo para advertir que los tenían en su posesión, sólo para obligar a la Fuerza Aérea a suspender buena parte de sus operaciones aéreas y de desembarco de tropas. La historia a investigar hubiera sido cómo y contra qué se negoció al final de la guerra la entrega de los cohetes.
Nada de esto en el reportaje, ni siquiera como interrogantes. Mucho menos con investigación o testimonios. Claro, esta parte no le interesa a las fuentes en el PC, porque esta parte no sirve para reescribir la historia y ponerse en el centro de la lucha insurgente.
Detrás de todo esto hay otra historia que es tal vez la más importante, y tampoco aparece en el cuento de La Prensa Gráfica. ¿Cómo hicieron las unidades guerrilleras, mucho antes de que llegara el primer cohete antiaéreo, para derribar docenas de helicópteros y para frustrar innumerables operativos helitransportados? Tal vez una historia no tan sensacional y vendible como la de KGB y la FARES (la supuesta Fuerza Aérea Revolucionaria de El Salvador, producto de la mentalidad burocrática de los comunistas de ponerle nombres y siglas hasta a los fantasmas), pero digna de investigar y escribir...
Pero, bueno, aparte del PC y de ARENA, también La Prensa Gráfica está feliz con el reportaje “exclusivo” sobre la interferencia del KGB en la guerra salvadoreña. No muchas veces lanzan campañas para anunciar un reportaje. Nunca he visto que tres de sus columnistas –Ernesto Rivas Gallont, el propio Héctor Silva jr. e Ivo Priamo Alvarenga- publican columnas enteras para elogiar y hacerle eco a un reportaje en su periódico. Y esto, me imagino, es precisamente el problema de Ricardo Valencia: el reportero joven, talentoso y ambicioso, en vez de recibir orientación, crítica, a veces frenazos de sus editores, recibe aplausos. Aun y precisamente cuando hace un mal trabajo. Y además recibe aplauso de los dos extremos del espectro político. Por esto, Ricardo, no te ofendás: Alguien tiene que hacerte la crítica. Alguien tiene que decirte cuando estás siendo manipulado por tu fuente, instrumentalizado por tu medio, y además recibiendo falsos aplausos por terceros.
(Publicado en El Faro, el 21 de mayo 2007; despublicado del Faro el 23 de mayo 2007)
Vea también:
La columna de Carlos Dada: Un Debate Intenso
Columna de de Ricardo Ribera: Anticomunismo de izquierdas
Columna de Jorge Ávalos: Calidad de periodismo y calidad de libertad
Cartas sobre el retiro de la columna sobre la KGB
El caso Lüers (de Federico Hernández Aguilar)
Mi última columna en El Faro
Paolo Luers, 27 mayo 2007 / EL FARO
“El Faro quería una columna sobre los medios. Crítica a los críticos. Vacilé bastante tiempo antes de aceptar el reto. No tenía ganas de asumir el rol del sabelotodo. No sirvo de árbitro, soy demasiado polémico. Me gusta pelear, no juzgar. Así que no esperen de esta columna transversal la sabiduría de un juez, sino más bien las patadas de alguien que le gusta polemizar.”
Con esta escueta declaración de principios inicié mi columna en El Faro el 1 de marzo de 2004. Bajo esta premisa pública El Faro me aceptó. Me aguantó 131 columnas. Gracias a El Faro regresé al periodismo, luego de una pausa de 8 años. El Faro me prestó la tribuna para opinar, explorar, analizar, polemizar, proponer, cuestionar, provocar. En 131 columnas sobre medios, sobre política, sobre historia, sobre periodismo me gané bastantes enemigos, pero también una cantidad inesperada de amigos e interlocutores. Para los directores de El Faro fue un ejercicio de tolerancia. Me dieron la libertad de tocar los temas más espinosos, de la manera polémica, personal y controversial que yo estimaba pertinente. En muy pocas ocasiones –sólo recuerdo tres- hubo discusiones fuertes con los directores de El Faro. En estas ocasiones excepcionales, yo sentí el intento de indebida interferencia en mi columna. Ellos sintieron que yo abusaba del espacio.
En el último de estos conflictos, en febrero del 2006, cuando en mi columna critiqué de manera muy dura –y tal vez injusta- la dirección de El Faro por no aceptar mi propuesta de publicar las caricaturas danesas de Mahoma, yo dejé claro que esta era la última vez que iba a tener una discusión de este tipo con los editores o directores de El Faro. O sea una discusión sobre si yo cambiaba, agregaba, quitaba algo en mi columna. Que yo no podía aceptar ninguna interferencia en mi columna, a menos que me convencieran que algo que yo escribiera podría tener consecuencias jurídicas para el periódico. Que yo asumía la plena responsabilidad política, ética, profesional sobre mi columna. Y que ellos tenían que aceptar la columna como tal, sabiendo cómo escribo yo, confiando en mi criterio profesional y ético. Que ellos tenían todo el derecho de decidir sobre la existencia de mi columna en su periódico, pero no el derecho de decidir sobre cada uno de los artículos, o sobre partes de ellos.
Por esto, cuando Carlos Dada, el director de El Faro, decidió sacar el miércoles 23 de la edición pasada del 21 de mayo mi columna Del PC y su madre KGB, de hecho decidió sacar de El Faro la columna transversal de Paolo Lüers. Tiene todo el derecho de hacerlo. Para mí, la libertad de expresión del autor es inseparable de la libertad de expresión del medio. El medio no tiene derecho de imponerme cómo escribir. Y yo no tengo derecho de imponerle al medio cómo escribo. Así que quede claro, no me estoy quejando. Estoy explicando a los lectores porque desaparece mi columna de El Faro.
No quiero extenderme mucho sobre la diferencia concreta que ha llevado a Carlos Dada a suspender mi columna. No es tan importante. La dirección de El Faro sostiene que es ilegítimo que yo esté afirmando algo que no puedo comprobar. Yo sostengo que en mi artículo –que no es un reportaje investigativo, sino una columna de opinión- tengo el derecho de sacar conclusiones, siempre y cuando estén respaldadas por mi experiencia con la temática, por mi conocimiento de los actores de la historia, por la razón común, por la lógica.
Si puedo decir en mi columna: “El presidente Saca recibe órdenes de Washington”, sin tener que comprobar esto con documentos secretos o testigos, y sin estar obligado de suavizar esta afirmación diciendo “yo concluyo que el presidente Saca recibe órdenes de Washington”, o “yo sospecho que el presidente Saca está siguiendo lineamientos que probablemente provienen de Washington”, de la misma manera puedo decir lo que dije en la columna en cuestión: que el periodista de La Prensa Gráfica –al lo mejor sin quererlo, a lo mejor sin darse cuenta- le hizo el mandado al PC salvadoreño.
Si puedo afirmar que el señor Daboub nunca hubiera llegado a su cargo de dirección en el Banco Mundial sin la ayudadita del gobierno Bush, y además que esto explica la coincidencia de sus políticas reaccionarias en el Banco Mundial con las concepciones del señor George W. Bush, también puedo afirmar que sin la ayudadita de los comunistas el reportero de La Prensa Gráfica no hubiera llegado a las entrevistas con ex-generales del KGB y otros personajes del mundo secreto de las relaciones entre partidos comunistas.
Es absurdo pedir al columnista pruebas cuando estamos hablando de una historia que tiene como protagonistas a varios partidos comunistas, unos en el poder, otros en guerra, y al KGB, la madre de la desinformación, de la mentira, del encubrimiento, de la manipulación, del aprovechamiento de la ingenuidad y las buenas intenciones de generaciones de periodistas.Pero como dije, esto no es el problema de fondo. Tampoco lo es que obviamente toqué un nervio muy sensible a una generación de periodistas salvadoreños –más atrevida, más talentosa, más ambiciosa, más independiente que la anterior- que quiere abrirse su espacio y que a veces no tiene suficiente cuidado con fuentes interesadas que les facilitan historias atractivas y exclusivas.El verdadero problema es el siguiente: Yo me puedo equivocar, me puedo extralimitar en mi ejercicio crítico. Tal vez –aunque no lo creo- lo hice esta vez, afirmando de manera categórica que el PCS le facilitó a Ricardo Valencia la entrevista con el general del KGB. Pero soy yo como autor quien asumo este riesgo, esta responsabilidad – y los costos políticos y profesionales que puede tener. Como autor necesito poder tomar estas decisiones, no las puedo delegar al medio y su dirección. De cualquier manera, haya el PC facilitado la entrevista en Cuba o no, siempre Ricardo Valencia le hizo el mandado al PC, ayudándole a tejer sus leyendas.
Para mi criterio, si es cierto (o mas bien para que sea cierto) lo que todos soñamos con El Faro, Carlos Dada hubiera tenido que poner a la par de mi columna la más rigorosa crítica a mi manera de abordar el tema. El Faro ya ha aguantado –con bravura- que uno de sus columnistas critique, en las páginas de El Faro, a la dirección y la línea editorial del periódico. ¿Cómo no va a aguantar que el director critique, corrija, ponga en su lugar a uno de los columnistas? El Faro es suficientemente fuerte para aguantar, no sólo la pluralidad de opiniones, sino incluso la pluralidad de criterios. El Faro tiene los credenciales y la credibilidad para aguantar el debate interno y público sobre los temas esenciales del periodismo, incluso sobre la manera de hacer El Faro y sobre los principios que lo rigen.
No había necesidad ninguna que El Faro suspenda la columna, sólo porque tenemos un dilema, aunque sea en un punto de gran importancia de su definición como medio. Si El Faro llega a este extremo de suspender mi columna, tengo que aceptar que sus dueños y directores perdieron la confianza en mi criterio, en mi integridad, en mis intenciones en el uso de la crítica. Para ser columnista, no necesito que los editores estén de acuerdo con mis puntos de vista, ni siquiera con mis métodos. Pero sí necesito saber que me tienen confianza.
Me despido de la sección de opinión de El Faro reiterando las mismas palabras que publiqué hace un año haciéndole homenajea esta aventura periodística:
“El Faro apenas tiene ocho años de existencia. Tiene donde y tiene como crecer. Tiene los lectores más exigentes del país. Tiene los reporteros jóvenes más talentosos del país. Tiene editores que han descartado puestos y salarios importantes para trabajar en El Faro. Tiene un pool de columnistas que reúne más capacidad crítica que cualquier otro periódico grande del país es capaz de atraer.”
Bueno, hoy tiene uno menos. Pero sigue siendo lo mejor que hay. Y esto es mi manera de despedirme de mis lectores. ¿Mi columna? Si hay otra gente, otras plumas rebeldes, que quieren juntarse para crear un sitio de debate, de intercambio de ideas, de provocación de reflexiones, tal vez ahí cabe la Columna Transversal.