¿Quién defiende la democracia liberal?

La BITÁCORA de Paolo / 19 de agosto 2026

Hoy lei en El País/México una columna muy acertada - y espontáneamente reaccioné en Twitter/X. Porque con la experiencia vivida en El Salvador sé de la importancia del tema que aborda...

Es un tema que en América Latina -y muy en especial en México- tiene que discutirse en serio entre las izquierdas y todos los demás que quieren evitar que la derecha se apropie del tema seguridad para construir modelos autoritarios. Digo "muy en especial en México" porque modelos de seguridad democrática sólo se pueden construir gobernando. En cambio, los modelos de autoritarismo punitivo se desarrollan desde la oposición para ganar el poder, como han demostrado las victorias de la derecha en Chile, Perú, Ecuador y Colombia. La seguridad democrática es el antídoto al populismo punitivo que lleva al autoritarismo. (Paolo Luers)

La oposición mexicana –empeñada en hacer nacional una batalla que nace más allá de la frontera– ha encontrado resguardo bajo el manto de las barras y las estrellas. La oposición es vintage.

Incapaz de ganarle una sola al partido en el poder, la reacción nacional ha endosado sus expectativas a quien promete vencerlo. Necesitada de un revulsivo fuerte, la derecha ha sustituido una esperanza por otra sin advertir que la derrota de su adversario no implicará la propia.

La oposición –como lo indica la palabra– denuncia el autoritarismo e invoca el Estado de derecho; anuncia la ruina de las instituciones democráticas y reclama su autonomía; deplora la captura del Poder Judicial y exige justicia; denuncia la corrupción y pide límites al poder.

Se equivoca: los caminos de Trump no conducen a ese sitio. La nueva derecha latinoamericana que gravita en torno a Estados Unidos detesta la democracia liberal, es ciega a la justicia y amante de toda corruptela.

Los caminos del magnate y compañía –ajenos a la nostalgia en que vive nuestra guardia opositora– obedecen a asuntos menos pasionales: la gran batalla de Estados Unidos frente a China, la apropiación –eufemismo de robo– de los recursos útiles a sus intereses y la subordinación de prioridades locales a todo lo que le apetezca.

Como ejemplos, llueven botones. Se ha repetido dos, cuatro, seis, ocho y diez veces. No hay necesidad de pronosticar lo que ya ha ocurrido.

Empiezo con Argentina. El Gobierno de Javier Milei planea entregar a Estados Unidos el puerto de Ushuaia como enclave militar y como moneda de cambio para sufragar los mil millones de dólares que cuesta ingresar a la Junta de Paz. Sus nuevas Naciones Unidas.

Colombia sirve como ejemplo más reciente de idéntico derrotero. Abelardo de la Espriella –de cuyo triunfo Trump reclama paternidad– ha autorizado operaciones militares conjuntas con EEUU en territorio colombiano. Aunque sea inconstitucional. Cincuenta años de debate por la paz han caído en manos de un forastero.

En Brasil, la derecha encarnada por Flávio Bolsonaro –hijo de un condenado por intentar un golpe de Estado y protegido de Trump– aspira a conquistar en las urnas aquello que su padre intentó obtener prescindiendo de ellas.

Vamos a Honduras. El triunfo de la derecha en aquel país con Nasry Asfura devuelve el poder a las sombras. Asfura pertenece al mismo Partido Nacional de Juan Orlando Hernández, el expresidente condenado en Nueva York por narcotráfico y delitos de armas y luego indultado por Trump. Un indulto bien vale un país.

En Perú, Keiko Fujimori –la hija del dictador– está dispuesta a que se haga en ella la voluntad de Trump. Su gobierno ha elegido acercarse a Washington y contener el avance de China en el Pacífico Sur.

Es que incluso dentro de los propios Estados Unidos –antiguo baluarte de la democracia y del Estado de derecho– el trumpismo ha revelado su desprecio por las reglas: ya desconoció el resultado de unas elecciones cuyo fraude nunca pudo demostrar; gobierna prescindiendo del resto del gobierno, regala impunidad o castigos potestativos y practica un patrimonialismo sin igual.

Así las cosas, no debería ser difícil para la oposición mexicana anticipar –como en un lance de ajedrez– las consecuencias de su siguiente jugada. Ni por el gusto de variar, Donald Trump dejará de ser él mismo.

Lo que la reacción nacional debería entender es que el efecto de la intervención de Trump en México no se limitaría a la pérdida del poder de Morena. Hasta ahí alcanza la mirada corta de una oposición que imagina la injerencia como simple instrumento detonador de alternancia. ¿Quién tiene tiempo para exquisiteces tales como imaginar el día después de mañana?

De entregarle el país a Trump, la democracia se les morirá en los brazos. En la Doctrina Donroe [la versión trumpista de la Monroe], los derechos humanos y la democracia han sido borrados.

Estados Unidos no intervendrá en México para restituirles las instituciones que añoran ni para devolverles el poder que perdieron. Si la voluntad de Washington logra imponerse en suelo mexicano, el desenlace será un país subordinado, la explotación de nuestros recursos y gobiernos criminales tolerados por la docilidad que se rinda al magnate.

A eso conducen los caminos de Trump.

Miente quien promete que existe un camino intermedio. Y miente –peor aún– quien se atribuye la astucia de servirse de Trump y, llegado el momento, ser capaz de contenerlo.