
Villoro, Caparros, el mundial de fútbol y algunas burradas.
La bitácora de Paolo del día 8 de julio 2026 / Sitio Paolo
A veces me encabrono cuando leo burradas. Y si provienen de autores que aprecio, peor; si provienen de burros, no me importa. A veces me lo desquito en Twitter (todavía insisto en el nombre de esta red social revolucionaria que nos sirvió como plaza pública de debate, polémica y controversia).
Aquí uno de mis exabruptos, mi tuit del 7 de julio:
»"El destino latinoamericano ya solo depende de los tuyos", escribe el mexicano Juan Villoro al argentino Martín Caparros.
¿El destino latino americano? ¿En serio? ¿Messi el salvador de América Latina? ¿El mundial una competencia entre geopolítica o incluso de razas? No me jodan.«
Es la frase final de una columna que el mexicano Juan Villoro comparte con el argentino Martín Caparros en El País, llamada "Ida y Vuelta". Un intercambio epistolar que El País presenta como "correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas."

Aunque me gustan más los intercambios polémicos que los que se dan entre cheros, esta conversación no me la perdía, tratándose de estos dos periodistas-escritores que todos admiramos. Pero esta frase de Villoro, a quien Caparros llama "Granjuan", con la cual termina su columna titulada "El Lado B del Mundial", es una burrada. No tenga nada que agregar ni de suavizar de mi tuit encabronado.
Obviamente este desliz, tal vez incluso escrito con intención irónica, no quita que los dos cheros, en su intercambio, no hayan producido columnas que ponen el fútbol y su mundial de manera magistral en su contexto. A la orilla de un mar de comentarios técnicos, la mayoría de charlatanes, sobre el fútbol, estos dos hablan de las dimensiones culturales, políticas, históricas, etnológicas y hasta ideológicas de esta copa del mundo. ¿Y quiénes más si no ellos?
En la entrega del 12 de junio, titulada "Te ví por tevé, te tuve ahí", Caparros nos regala una joya que explica porque El País le ha encomendado estas cartas:
»Pero todavía (los jugadores) debían asumir su función de vanguardia patriota, juntar los pies, hinchar las tetas y lanzarse a gritar gritos de guerra, de esos que llaman himnos. Son curiosos los himnos: piezas arqueológicas que seguimos cantando como si nos representaran cuando el mundo que las parió se terminó hace mucho. De pronto la plácida llanura del Azteca se volvió un festival de espadas, cañones y explosiones: que hay “un soldado en cada hijo de dios”, cantaban los millones de ciudadanos de un país que lleva un siglo sin entrar en guerra ni creer en dios –pero suponen que esa canción los representa.«
Recoge el asombro que yo estaba sintiendo de este estallido de nacionalismo que observé en las calles de la Ciudad de México, con masas vestidas de la camiseta verde de su equipo, con banderitas, en permanente fiesta y exaltación – la gran mayoría de esta masa, en la vida normal (o sea, fuera del mundial), no tiene mucho interés en el fútbol. Este estallido, en el fondo, no tiene que ver con el deporte, sino más con la complicada autoestima de un pueblo que se siente históricamente subestimado. Caparros capta este fenómeno, que por cierto no es solo mexicano, de forma contundente.
En la misma columna otra joya de reflexión histórica:
»Sudáfrica no tardó nada en confirmar que lo suyo no es el fútbol. Es curioso lo que hizo el Imperio Británico en sus dominios: llevó el balompié a todo el resto del mundo pero a los suyos les entregó sus deportes favoritos, y así Sudáfrica, Nueva Zelanda y Australia juegan al rugby, Pakistán y la India al cricket, Estados Unidos a las invasiones.«
Juan Villoro no se queda atrás. En la siguiente columna, la del 13 de junio, titulada "Identidades licuadas", escribe algo que solo un mexicano se puede atrever a formular así:
»Nuestro entusiasmo no depende del marcador ni de la evocación de hazañas previas (que, por otra parte, nunca existieron), sino del milagro de estar juntos (y de preferencia apretados). La explosiva pasión por la fiesta sólo requiere de un motivo: nosotros mismos. La victoria de 2-0 ante la débil Sudáfrica, con un árbitro que entendió nuestras necesidades y expulsó a dos rivales, desató una alegría que sería desproporcionada si sólo tuviera que ver con lo ocurrido en la cancha. La verdadera causa es otra: ser mexicano es una exageración emocional.«
Más abajo sigue así:
»El fútbol permite la ilusión, leve y transitoria, de formar parte de un colectivo. Los mexicanos que el 11 de junio llenamos el Estadio Azteca no reclamábamos la devolución de Texas ni pedíamos que el rey de España pidiera un perdón ya inútil. Estábamos ahí, unidos por una rara magia, apoyando a un equipo que siempre es inaugural en la medida en que carece de tradición triunfadora.«
En la columna inaugural del intercambio epistolar con Juan Villoro, titulada "La infantinización del fútbol", Martín Caparros escribe, antes de ir a la dimensión política llamada FIFA, lo siguiente:
» Esta tarde, en tu pueblo de 25 millones de cuerpos desbordados, en esa caldera donde las sonrisas son poco creíbles pero los corazones no, empieza este raro invento contemporáneo que nos convoca a tantos –dos, tres mil millones– a pensar en lo mismo durante seis semanas. Sólo las grandes religiones lo habían conseguido y ninguna a esta escala: el fútbol se puede jactar de ser lo más masivo que le ha sucedido al género humano. Es brutal, es extraño, es un poco patético –y es cierto.«
Es una reflexión inteligente. Y lo que dice es cierto, pero no del todo: Las grandes guerras, como la primera y la segunda guerra mundial y la subsiguiente guerra fría, consiguieron este fenómeno en mayor escala y no para seis semanas, sino para años. Entonces, mil veces mejor un campeonato mundial de fútbol, a pesar de todos sus defectos...
Por otra parte, las bobadas, escritas con elegancia, pero bobadas. Como estas que tenemos que tolerar a Caparros, sabiendo que es argentino:
»Así que la igualdad se va imponiendo, pero le falta un poco. Mientras haya un rey como este rey va a ser muy complicado. ¡Leo Primero, gran señor de las clases y las desigualdades, un desclasado te saluda! O, como dirían los amigos colombianos: un igualado te saluda.«
» Seguro que lo viste, Granjuán, y quizá te preguntaste lo mismo que yo. El partido se acababa, él ya había sido reemplazado y allí estaba, sentadito en el césped, mascando y escupiendo alguna cosa, la mirada perdida. Simulaba, como siempre, que no pensaba nada y yo me preguntaba cómo será saber que los ojos del mundo están en vos, que en media hora la mitad de los medios del mundo clamará que sos descomunal maravilloso extraordinario, que dirán que lo has hecho de nuevo, que si el hat trick, que si el mayor goleador de los mundiales. ¿Una satisfacción tranquila, hastío, la imagen de la abuela una vez más, otra confirmación de que sos único, la sorpresa de que se sorprendan, qué va a decir Mateo? Digo: ¿cómo será vivir con todo eso? ¿Cómo será ser Messi?«
(Ambas burradas a la argentina en la columna "¿Cómo será ser Messi?" del 17 de junio, luego del partido Argentina contra Argelia. )
Si estas pequeñas probaditas del intercambio epistolar futbolero entre Villoro y Caparros les han dado apetito a más, todo el intercambio epistolar está reunido en este LINK. Van a disfrutar la escritura desenfadada de estos dos. Las burradas y algunos ataques de soberbia incluidos. Una burrada me hizo reaccionar, pero yo las puedo perdonar todas. Bueno confirmar que las "grandes plumas de las letras hispánicas" también son humanos.