Cenar dentro de una máquina del tiempo: El DIENER en Berlin-Charlottenburg

Cenar dentro de una máquina del tiempo

Foto de https://diener-berlin.de

Forto de World of Mouth)

De Paolo Luers, 21 abril 2026 / paololuers.com / #elSitioPaolo

Cuando en 2025 regresé a Berlin, ciudad donde viví la vida universitaria, la rebelión del 68, el trabajo sindical y mis primeros pasos periodísticos, recurrí muchos de los lugares emblemáticos de esta época. Mis lugares emblemáticos. . Entre ellos, los restaurantes, cafés, ´Kneipen´ que fueron parte de mi vida nocturna. Muchos ya no existen. Otros se han transformado de lugares populares a locales exclusivos. Pero algunos pocos están como congelados en el tiempo. Uno es el Paris Bar, que ya presenté en esta sección de PAOLO. Otro es el DIENER TATTERSALL, también en Charlottenburg, pegado a la estación Savignyplatz del S-Bahn. Es uno de los pocos restaurantes, que siguen ofreciendo un menú de cocina tradicional alemana. Delicioso.

El Diener es un local con una clientela bohemia fiel que detesta los bares y restaurantes modernos que parecen iguales en todo el mundo.

Cuando estudié literatura en la Universidad Técnica de Berlin, que se encuentra a pocas cuadras, el Tattersall fue el lugar de encuentro de escritores - y quienes aspiraron a convertirse en escritores.

Mi mentor y profesor Walter Höllerer, en aquel entonces el zar de la literatura y en general del “Kulturbetrieb” (el ecosistema cultural) de la Alemania posguerra, solía citar a sus pocos y selectos alumnos en su masterclass –nunca éramos más de unos 20- a almorzar en el Tattersall para hablar sobre sus prospectos y proyectos. No eran muy frecuentes estas invitaciones. Me recuerdo solo de dos: la primera cuando en mi segundo semestre me citó para hablar de me tesis doctoral. El suyo era un seminario de doctorandes y todo alumno tenía que presentar en el segundo semestre su proyecto y someterlo durante años al escrutinio crítico, a veces cruel, de Höllerer y los comilitones.

La segunda reunión es la que más me quedó grabada en la memoria. Esta vez fui yo quien le pidió una reunión privada. “¿Es un asunto serio?”, me preguntó. “Algo serio”, le contesté. “Entonces, vamos a almorzar donde Franz Diener en el Tattersall”.

Me recuerdo incluso lo que comí: Linsensuppe, el típico guiso berlinés de lentejas con salchichas vieneses. Nadie hace una Linsensuppe como el Tattersall. Höllerer pidió un escalope de ternero con ensalada de papa y arándanos. Tomamos una botella de Riesling.

Cuando llegamos al café, Höllerer me dijo: “Hablemos. Temo que me vas a decir que vas a dejar los estudios.“ Había observado que le movimiento de los 68 había alejado a algunos de sus alumnos del estudio. Y tuvo razón: le expliqué que saldré de la Universidad, iré a trabajar en la fábrica de Osram para iniciar un trabajo sindical. No le gustó. “Tú de mecánico, ¡qué desperdicio! No vas a aguantar más de un mes...” (Se equivocó. Tardé en Osram 6 años y me hice delegado sindical.) Höllerer trató de convencerme que le repensara. Tenía planes conmigo: “Yo te meto en cualquier medio que quieres, en la sección cultural o en la sección política... ¿Y no querías escribir? Comience con reportajes, reseñas literarias y crónicas y luego estarás listo para escribir literatura...” Le dije que no se preocupara: iba a llegar a escribir novelas, pero antes tenía que vivir – no en una sala de redacción, sino en la vida real...

Fue una conversación larga e incómoda. No logré convencerle que esto es lo que yo tenía que hacer con mi vida. Me salí de su clase y de la Universidad - y nunca lo volví a ver. Fui a trabajar en Osram, aprendí el oficio de mecánico, me metí en el sindicato... y 10 años más tarde fui a El Salvador, sin jamás despedirme de este hombre sabio y generoso.

Muchos años después regresé a este restaurante y lo encontré como congelado en el tiempo. Comí otra Linsensuppe y me tomé otra botella de Riesling en honor de Walter Höllerer. Dije: “Maestro, me costó 40 años darme cuenta cuánto aprendí de usted. Escribiendo mi primer libro me di cuenta.”

Foto de https://diener-berlin.de

Se siente como cenar en una máquina del tiempo

De la periodista y crítica de comida Lorraine Haist, publicado en  portal World of Mouth

Diener Tattersall es una de las instituciones más originales de Berlín. Un lugar donde sientes que estás atrapado en una máquina del tiempo, en el buen sentido. Entras y te dejas envolver por su encanto de otra época, que sigue muy viva en este bonito y frondoso rincón de Charlottenburg, en el centro del Berlín Occidental.

Desde 1893, las instalaciones de Diener Tattersall, originalmente el casino de una escuela de equitación, se han utilizado como punto de encuentro para tertulias y brindis. El edificio sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial y fue adquirido por Franz Diener en la década de 1950. Se convirtió en uno de los lugares favoritos de artistas, actores y bohemios, con muchos clientes habituales famosos, una tradición que continúa hasta hoy.

Una galería de retratos de artistas berlineses cubre las paredes y sigue ampliándose constantemente. La comida es sencilla, casera y típica de Berlín, lo que en alemán se conoce como “Hausmannskost”. Entre los platos se incluyen: guiso de lentejas, salchichas con chucrut, arenque frito con papas al vapor, huevos en salsa de mostaza con puré de papas y Königsberger Klopse (albóndigas) con salsa de alcaparras.

Si sólo vienes por el ambiente, pide una porción de “Gürkchen” (pepinillos encurtidos) con tu cerveza local o un Spritzer de vino blanco.

Dirección: Grolmanstraße 47, 10623 Berlin-Charlottenburg, Tel +49 30 8815329, de lunes a sábado a partir de 18:00h