May 15, 2026
La banalidad del mal. Carta de advertencia a los burócratas de la dictadura. De Paolo Luers
Respuestas a una pregunta inquietante: ¿Cómo unos ciudadanos comunes y corrientes se convierten en actores o cómplices de crímenes del Estado?
La banalidad del mal.
Carta de advertencia a los burócratas de la dictadura
De Paolo Luers, 15 de mayo de 2026, publicado en paololuers.com

Götz Aly fue un compañero muy querido en las batallas callejeras que dimos en el 1968, en el movimiento contra la Guerra de Vietnam. Ahora es uno de los historiadores de Alemania con más capacidad de explicar la dictadura nazi de 1933 hasta su derrota en 1945.
Aly, quien siempre ha sido brillante en el diálogo polémico, dijo recientemente en un foro de discusión: “Lo que más asusta en la historia de la dictadura nazi es el hecho de que los que cometieron los crímenes de este régimen -y los burócratas, profesores, jueces que los hicieron posibles- eran gente no tan diferente de los cuatro personajes que estamos sentados aquí en este set de televisión.”
Los otros tres de esta ronda pusieron caras de “¿Yo qué tengo que ver?” y quedaron mudos. Incluyendo el conductor de este talk show, famoso por hablar siempre de más. Aly siguió explicando: “Los funcionarios nazis, incluyendo los que participaron personalmente en el Holocausto, fueron personas que antes de esta situación histórica nunca cometieron crímenes, ni tampoco después de la dictadura y la guerra.”
Es difícil aceptar esta verdad, pero es necesario. De ella se deriva la conclusión de que no sólo los altos mandos de una dictadura son responsables de los crímenes de lesa humanidad, sino todos los que colaboraron: los empresarios que se hicieron ricos apoyando al gobierno, los letrados de derecho que diseñaron leyes, los jueces y fiscales que las aplicaron, los profesores que envenenaron la mente de los jóvenes...
La otra cosa derivada de esta verdad es una pregunta: ¿Cómo nos explicamos que ciudadanos comunes y corrientes -gente banal en la teoría de Hannah Arendt- se convirtieron, casi de golpe, en muy poco tiempo, en criminales, en colaboradores y en oportunistas que adaptándose al régimen lo consolidaron?
Si a esta altura tienen la sospecha de que estoy hablando no sólo de la historia, sino también de la actualidad; no sólo de la Alemania de Hitler o de la Unión Soviética de Stalin, sino también de la Nueva República salvadoreña de Nayib Bukele, no están equivocados.
Entonces, hablemos de nuestro país. El gobierno de Bukele comenzó en 2019, luego de una campaña electoral donde el candidato se envolvió en banderas de anticorrupción y de justicia social. Aunque la suya ya no fue la bandera roja, sí era de izquierda. La gente se lo compró, por lo menos el 60% de los votantes. Se llevó un millón de votantes del FMLN. Pero, al sólo comenzar a gobernar, los que antes, en sus seis años de alcalde, no le habían visto su veta autoritaria, la pudieron ver el 9 de febrero de 2020, cuando Bukele, con sus militares armados, se tomó la Asamblea Legislativa para torcerles el brazo a los diputados que se negaron a aprobar los préstamos, supuestamente para su plan de seguridad, pero en realidad para honrar los compromisos adquiridos con las pandillas a cambio de su apoyo electoral. Este día, incluso los medio ciegos, que no habían detectado el autoritarismo de Bukele durante su manejo de la pandemia, lo pudieron ver en vivo en televisión.
Algunos de sus colaboradores se apartaron del dictador “in the making”. Unos pocos, excepciones como su abogada Bertha Deleon, se volvieron opositores – y pagaron un alto precio. Los que se quedaron y los que se le unieron luego del 2021, al sólo ver que el poder de Bukele se estaba consolidando, lo hicieron sin pretexto válido: sabían adónde iba este viaje: a la dictadura. Y optaron por ser parte.
Todos ellos antes del Bukelismo eran ciudadanos comunes y corrientes, tal vez oportunistas, pero no partes de ninguna trama criminal. Gente mediocre. Y seguramente, al sólo caer la dictadura, dejarían de delinquir y regresarían a su vida banal, haciéndose los majes, diciendo que no sabían de la gran corrupción ni mucho menos de las torturas en las cárceles. Conozco bien este tipo de gente y sus excusas, porque así era la generación de nuestros padres en Alemania, o sea, la gran mayoría de ella, incluyendo mi padre, la mayoría de mis tíos, profesores y otras figuras “de autoridad”.
Pero la verdad es que todos los que colaboran, los que se adaptan, los que hacen negocios en la economía de cheros, todos son responsables de los crímenes de la dictadura. Sin ellos, el régimen no se hubiera consolidado.
Esto es especialmente válido para los jueces, magistrados y fiscales que, sabiendo que son parte de una justicia pervertida, la mantienen funcionando y jodiendo la vida a miles de personas inocentes, sean opositores perseguidos o los famosos “daños colaterales” del estado de excepción. Igual los diputados, quienes, sabiendo que su función única es mantener la fachada de un parlamento, aprueban sin discusión leyes que facilitan y “legalizan” la corrupción y la represión. Igual los altos mandos de la PNC y de la Fuerza Armada.
Todos ellos van a decir que sólo cumplieron órdenes. Pero jueces y diputados no deben cumplir órdenes de nadie. Y policías y militares no deben cumplir órdenes que violan la Constitución.
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Gente “normal”, sin valor de pensar, cometiendo o haciendo posibles los crímenes de una dictadura. Este fue el descubrimiento de la filósofa judía-alemana Hannah Arendt (1906-1975), cuando analizó el carácter y funcionamiento de las dictaduras de Hitler y Stalin: la banalidad del mal. Lo vio en la cara y en los alegatos de Adolf Eichmann, el logístico del Holocausto, sentado en el banquillo del acusado en Jerusalén. Lo mismo veremos en la cara y en los alegatos de los que hoy son los ministros, jueces y diputados de la dictadura de Bukele. Y ténganlo por seguro, señoras y señores, tarde o temprano, tendrán que rendir cuentas, ante la justicia, ante el pueblo y ante la historia.
Se acordarán de esta carta.

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