En un castillo en los Alpes, el dueño y un filósofo convocaron a una cumbre de pensadores. El propósito: debatir sobre cómo defender la democracia contra el autoritarismo. O más bien, discutir si la democracia merece sobrevivir. Publicamos aquí una extensa crónica sobre esta cumbre. La publicamos, porque es necesaria para entender una columna de Paolo Luers, titulada “Desesperación en la torre de marfil”, escrita sobre esta cumbre descrita la lectura de esta crónica. Esta columna se encuentra anexada al final de la crónica.

¿Merece la democracia sobrevivir?

Sí, pero... así lo concluyó un grupo de pensadores de renombre mundial en un simposio tan extraño como espectacular en el Schloss Elmau

De Lothar Gorris, publicado el 21 abril 2026 en DER SPIEGEL

Curtis Yarvin, «el fascista simpático», como lo llamó uno de los invitados en el Schloss Elmau, se quedó dormido, lo cual no es poca cosa. Arriba, en el escenario del gran salón, el pianista Denis Kozhukhin libraba una batalla por la democracia —uno de los mejores de su generación, nacido en Nizhni Nóvgorod— con una música que es una provocación: un ataque abrumador y mágico hecho de estruendo, dolor y disonancia. Cada golpe de tecla, un disparo.

La pieza se llama «El pueblo unido». Está basada en una canción de protesta chilena de 1973, cuando Augusto Pinochet tomó el poder mediante un golpe de Estado con ayuda de la CIA, y miles de opositores desaparecieron para siempre o fueron encarcelados en el estadio de fútbol de Santiago. En origen, un himno romántico a la solidaridad y la libertad. Quien haya manifestado en las calles de Occidente desde los años setenta conoce la melodía. Un himno de la cultura de protesta.

En variaciones siempre nuevas, la música habla de sueños y esperanzas, de muerte y destrucción, de rabia y tortura, pero también de cómo al final surge nueva belleza entre los escombros; en un momento el pianista comienza a silbar en lugar de tocar, golpea la tapa del piano, se encabrita. La pieza es una alegoría de la lucha por la libertad y la democracia, que exigen su precio sin garantías, salvo la de que nada es nunca seguro.

¿Y ahora, la democracia?

¿Tiene todavía salvación, y debería salvarse siquiera? En un encuentro de las mentes más lúcidas de nuestro tiempo, las opiniones al respecto fueron diversas.

Y Curtis Yarvin, ¿qué? Dormía.

Solo con el aplauso final volvió en sí, un poco desorientado y perdido, pero entonces aplaudió y vitoreó y zapateó. «Awesome», exclamó. «¡Qué cool!»

¿En serio? ¿Precisamente Yarvin, fuente de ideas para JD Vance y Peter Thiel, provocador e ideólogo de la Nueva Derecha americana, celebra una música que evoca todo aquello que él quiere abolir? ¿Cómo se entiende eso? ¿Qué le pasa? ¿Fue demasiado dura la noche anterior? ¿Acaso le gusta de verdad? ¿Sabe lo que significa lo que está escuchando? Probablemente no. O quizás sí.

El Schloss Elmau, a 1.000 metros de altitud, al pie del Wetterstein, cerca de la Zugspitze y de Garmisch, está considerado uno de los mejores hoteles de Alemania. Nueve restaurantes, seis spas, escondido en lo profundo de las montañas, es algo así como el Shangri-La alemán de la burguesía cultivada y acomodada. Un lugar legendario con tarifas legendarias. Casi cada noche hay conciertos de músicos famosos, debates, lecturas. Y, con cierta regularidad, grandes simposios políticos. El propietario del castillo, Dietmar Müller-Elmau, lo llama su universidad privada. En dos ocasiones ya se reunieron aquí los jefes de gobierno para la cumbre del G7. Probablemente aquí arriba, tan cerca del cielo, las cosas se piensan mejor, se percibe mejor lo que mantiene unido al mundo en su interior. O lo que no lo mantiene.

Schloss Elmau

Para este año, Müller-Elmau había pedido al pensador búlgaro Ivan Krastev que organizara un simposio de varios días. Krastev es, en la academia y la política europeas, una estrella fija del liberalismo heterodoxo, siempre dispuesto a llevar la contraria. «Dígame algo extraño y yo encontraré una respuesta», le dijo una vez a una periodista. Invitó a 20 de sus colegas y amigos más brillantes: espíritus polémicos que no venían aquí a presentar sus ensayos o libros, sino a explorar juntos el espíritu de la época. Una lista de élite del mundo académico, más el invitado sorpresa de San Francisco.

«World in Pieces» —Un mundo en pedazos— llamó Krastev a su evento. El viejo orden mundial se está perdiendo y el nuevo, como en un interregno, aún no ha tomado forma. Quien espere que el nuevo orden pueda parecerse al anterior probablemente se llevará una decepción, si es que llega a haber alguno.

El viejo Occidente ha desaparecido. La Pax Americana toca a su fin. Los populistas triunfan. Rusia está en ofensiva. China conquista subrepticiamente la economía mundial. Los multimillonarios tecnológicos erigen, sin trabas nacionales, una especie de metaestado. La inteligencia artificial transforma los mundos del trabajo y nuestra imagen del ser humano. Las democracias liberales están amenazadas desde dentro y desde fuera. Un fuego de artificio de crisis encadenadas. Este Trump. Esta AfD. Demasiados enigmas, miedos y giros epocales como para seguir aferrados a viejas certezas. ¿Y podría ser que nuestra querida y vieja democracia se esté quedando sin aire, que ya no tenga fuerzas para dominar las crisis? El fascista italiano y jefe de gobierno Benito Mussolini decía que la democracia es hermosa: permite incluso que la destruyan.

Elmau es un buen lugar para reflexionar y aprender sobre democracia. Los invitados de Krastev —admitidamente todavía bastante blancos y masculinos, la mayoría no tan jóvenes— son pensadores, analistas, miembros de think tanks, profesores de la generación del baby boom que en los últimos 30 o 40 años han contribuido a moldear la forma en que Occidente ve el mundo, o han aportado las objeciones necesarias. Todos hijos de la posguerra y de la globalización, en casa en las capitales de Occidente y en las torres de marfil de las humanidades, muchas historias familiares profundamente entrelazadas con las catástrofes del siglo XX. Y casi todos ellos creyeron un poco, o al menos esperaron, en aquellos gloriosos años noventa, que la democracia había triunfado y que quizás la historia había encontrado su final feliz. Y ahora, acosados por las dudas, se preguntan cómo pudo pasar esto y cómo debería seguir adelante.

Curtis Yarvin habla de un «ambiente de La montaña mágica», y en cierta medida uno tiene la sensación de asistir a una representación: como si aquí, con un reparto ampliado, la novela de Thomas Mann fuera a trasladarse de la ficción a la realidad más de 100 años después de su creación, en el espíritu del recientemente fallecido filósofo Jürgen Habermas, que habló de «la coacción sin coacciones del mejor argumento». Una novela ambientada en los años previos a la Primera Guerra Mundial que planteó una de las grandes preguntas de la modernidad: ¿Ilustración o totalitarismo? Justo antes de que comenzara la gran catástrofe.

¿Regresa el fascismo?

Ivan Krastev, nacido en 1965, es un hijo del bloque oriental. Tras la caída del Muro estudió en Oxford con dinero de una fundación de George Soros. En aquellos años noventa que en perspectiva parecen casi idílicos, fue un admirador del mundo occidental y al mismo tiempo un observador externo escéptico, que tomaba tan en serio la libertad recién conquistada como las promesas programáticas de Occidente, y desarrolló un olfato para sus debilidades e hipocresías. Las democracias mueren, escribe Krastev en su libro La luz que se apaga, no por un golpe de Estado, sino por vaciamiento interno.

Wikipedia describe a Krastev como politólogo y asesor político, pero funciona más bien como un filósofo o psicoanalista que busca las preguntas correctas en lugar de dar respuestas equivocadas; que rastrea paradojas en lugar de fiarse de verdades simples, y que no juzga el mundo sino que lo observa con curiosidad. Vive en Viena, viaja por el mundo, habla donde quieren escucharle. Ha conocido a Vladímir Putin, habla por teléfono con Emmanuel Macron, conversa con Viktor Orbán, visitó a Olaf Scholz en Berlín.

A veces, dice Krastev, se siente como el tío de un pequeño pueblo búlgaro, como uno de esos «tipos gitanos» con los que la gente quiere hablar porque tiene preocupaciones, necesita apoyo o quiere llegar a nuevas ideas, y que entonces cuenta unos chistes y unas anécdotas. Krastev, dice el filósofo Peter Sloterdijk, uno de los invitados en Elmau, es una obra maestra de elegancia tardo-habsburguesa y humanidad diplomática.

Ivan Krastev

En la invitación que Krastev envió a sus invitados esbozó tres temas:

Dado que el presente de este interregno —primer tema— no puede comprenderse en este momento desde sí mismo, recurrimos a analogías históricas. Por ejemplo, que los años treinta del siglo XX se están repitiendo ahora, cuando el fascismo llevó al mundo a la guerra. O que regresan los años setenta, la época de la política de poder, los grandes bloques, las tensiones gélidas y el miedo a un Armagedón nuclear. O que el Imperio americano se derrumba como antaño la vieja Roma. Más importante que la pregunta de cuál de estas analogías es correcta sería, según Krastev, indagar cómo moldean estas nuestros sueños, decisiones y miedos, produciendo así una visión apocalíptica del mundo en la que, de tanto temer al pasado, perdemos el futuro.

¿Podría ser —esta es la segunda pregunta de Krastev— que estemos asistiendo también al fin de la hipocresía política? Occidente se encuentra cada vez más en un modo de autocuestionamiento ante la hybris que se le reprocha, y ya no es capaz de cumplir lo que promete. Los Estados Unidos se han sometido a un maestro de la mentira cuyo atractivo se basa, sin embargo, en que es muchas cosas, pero no un hipócrita. Porque Donald Trump dice lo que piensa. No oculta sus intenciones, aunque mienta con frecuencia.

Pero ¿es realmente deseable el fin de la hipocresía, o deberíamos temerlo? La ilusión es algo así como la hermanastra de la hipocresía, y una sociedad que funcione sin ilusiones es difícilmente imaginable. La ilusión de una comunidad, la ilusión de la igualdad no solo ante la ley, la ilusión de la participación y la soberanía popular. Pero ¿qué ocurre cuando las ficciones que se cuentan pierden su plausibilidad? Se puede atacar a la democracia liberal de dos maneras, dice Krastev. Se puede reprocharle que su postulado de igualdad, ante las desigualdades evidentes, es una hipocresía, y votar a quienes prometen mejoras.

O se puede reprocharle que ese postulado de igualdad es en sí mismo una mentira, porque los seres humanos simplemente no son iguales. Que hay algunos que son mejores y más listos, y otros que no lo merecen, y sobre esa base se erige un dominio autoritario que también podría llamarse fascismo. Hay un límite entre ilusión y mentira, entre escepticismo comprensible y antihumanismo.

Y finalmente la tercera pregunta, de carácter más programático, que Krastev había enviado a sus colegas. No reza así: ¿cómo se defiende la democracia? Su formulación es más afilada: ¿merece la democracia sobrevivir?

Una pregunta incómoda. A pesar de toda la combatividad, de todos los cortafuegos, de todos los debates sobre prohibiciones de partidos (por el momento solo en Alemania, por razones obvias), a pesar de toda la demonización de los partidos de extrema derecha y sus figuras, de todos los enfrentamientos políticos con los llamados enemigos de la democracia, de toda la indignación ante la «irracionalidad» del otro bando, nada de esto ha impedido en ninguna parte el ascenso de los populistas.

¿No sería hora de hacer una introspección sobre lo que las democracias han contribuido a que sus votantes se hayan alejado de ellas? ¿De preguntarse por qué renuncian de ella y cómo recuperarlos? ¿Es nuestra tenaz adhesión a la democracia liberal realmente prueba de nuestra fortaleza? ¿O solo de la pobreza de nuestra imaginación política?

Habían acudido Timothy Garton Ash, profesor en Oxford, que vivió el derrumbe del bloque oriental y el amanecer de los años noventa donde ocurrió. Stephen Holmes, profesor de la Universidad de Nueva York, que hoy vive en Berlín y dice cosas como: «Napoleón conquistó el mundo a caballo, Donald Trump en un carrito de golf.» El filósofo Peter Sloterdijk, que posiblemente lleva en la cabeza uno de los discos duros más voluminosos del hemisferio occidental y accede a él como un músico de jazz que se lanza a una improvisación, a veces incluso, según cuenta su esposa Beatrice, en la caja del supermercado. Sloterdijk dice que un filósofo debe adoptar la neutralidad de la muerte, lo que requiere mucha práctica para ser un observador verdaderamente bueno de este mundo.

Eva Illouz, que enseña en Jerusalén y París, nacida en Marruecos en el seno de una familia judía ortodoxa, posmarxista que hoy examina los universos emocionales de Occidente con los instrumentos de la crítica ideológica. Y que afirma que la «irracionalidad» de la derecha, diagnosticada tan a menudo con perplejidad, es perfectamente racional cuando rechazan un sistema que, a su juicio, ha fallado. Wolfgang Schmidt, ex jefe de la Cancillería bajo Scholz, un hombre práctico del poder, que ante la pregunta de cómo recuperar a los votantes de la AfD responde que ya sería mucho si algunos simplemente dejaran de votar la próxima vez.

Alex Soros, que estudió filosofía y aporta lo que necesitan quienes quieren pensar con libertad: alguien que les pague la comida. Desde 2023 es director de las Open Society Foundations, la fundación creada por su padre George Soros, una de las más grandes del mundo con un patrimonio de 22.000 millones de dólares.

El politólogo Mark Leonard, director del think tank European Council on Foreign Relations, cuya abuela huyó cruzando el continente ante los nazis y perdió familiares en los campos de exterminio, y que ya no cree que las utopías de posguerra de una Europa liberal-democrática e impregnada de universalismo señalen al mundo el camino hacia el futuro. En Elmau se presenta con las palabras de que es «un fantasma del pasado europeo».

El historiador británico David Runciman, que ha abandonado su carrera en Cambridge para producir «podcasts educativos». Ostenta el título nobiliario de 4.º Vizconde Runciman de Doxford, un aristócrata británico al que habría que dirigirse como «My Lord», aunque con David ya va bien. Considera que es una estrategia perdedora gestionar la democracia liberal como una finca heredada con tantos hermosos recuerdos que uno cuida y mima e intenta preservar a través del tiempo.

Avril Haines, que bajo Joe Biden fue directora de los Servicios Nacionales de Inteligencia y que en una vida anterior dirigió una librería con café en Baltimore, y que dice que hay que tener claro que Donald Trump no es la causa, sino el síntoma.

Nathalie Tocci, politóloga que estudió en Oxford, vive en Roma y ha trabajado en Cambridge, Washington, Bruselas y Florencia, como en un Grand Tour por el mundo liberal. Habla un maravilloso inglés de clase alta, «maybe I overcompensated a bit», y cree que España gobernada por la izquierda, con su crecimiento económico y su política migratoria abierta, podría servir de modelo. Por otro lado: la dinámica intelectual está por el momento del lado de los nacionalistas. La destrucción siempre es un buen relato.

Y finalmente Curtis Yarvin, «el fascista simpático». Yarvin, dice Krastev, es un nuevo tipo de pensador cuyo cerebro funciona como internet. Trabaja con enlaces y referencias y genera contexto casi al azar. Pero Yarvin diseña un futuro nuevo y diferente, un tecnoestado como rechazo de la nación, en modo de disrupción permanente, lo que también podría llamarse «revolución permanente». El pensamiento de Yarvin ya no es una chifladura: se ha convertido en realidad, ha llegado al centro del poder, a Washington. Y la presencia de alguien que piensa de manera radicalmente diferente obliga a los afines a hacerse otras preguntas.

¿Yarvin es una criatura de carne y hueso como nosotros?

En enero, Yarvin había calificado en publicaciones en X a «Hitler de genio». Lo cual había sido cuando menos malinterpretable, según su explicación en Elmau. Aunque probablemente también fue uno de sus jueguecitos de troll, sin que nunca pueda descartarse del todo que lo diga en serio.

Curtis Yarvin

En cualquier caso, a raíz de esto algunos invitados declinaron la invitación: Eric Slobodian, por ejemplo, profesor canadiense de historia contemporánea en la Universidad de Boston, que investiga el neoliberalismo y la globalización. O Lea Ypi, profesora de origen albanés en la London School of Economics, marxista declarada, de quien quizás no quieras que te gobierne, pero sí que te lleve a ideas nuevas y necesarias. Ella se negó a pasar unos días charlando con un «fascista» en un resort de lujo que para la izquierda ya de por sí tiene cierto tufo, y comunicó a sus colegas que deberían avergonzarse.

Todo comprensible. Pero ¿no es siempre mejor enfrentarse al mundo que renunciar a él? Quien no está, tiene que callar.

Así, Curtis Yarvin, el neorreaccionario, el «susurrador californiano de millonarios de turno», como lo llama Sloterdijk, se convirtió en una especie de centro de gravedad de esos días y en tema constante en las comidas colectivas, a las que asistía de buen grado y en las que disfrutaba visiblemente de la atención, incluida la de la prensa liberal internacional, que había viajado hasta allí principalmente por él, desde el New York Times, Haaretz y Le Monde hasta De Standaard y la Süddeutsche Zeitung.

El pshilósopho Sloterdijk

Curtis Yarvin, cinco días con el mismo traje de tweed, vaqueros y Chelsea boots, 52 años, es delgado y fibroso; su sustituto del Ozempic se lo manda pedir barato desde China. Con frecuencia se pasa las manos por el pelo recién lavado. Si se le pregunta qué opina de que le llamen fascista, o si no se siente un poco en Elmau como el villano de una película de terror ante el que todos sienten miedo y a la vez fascinación, responde con una carcajada. Uno puede conversar con él más de tres horas; bebe bastante y no da señales de agotamiento. Siempre adelante, como si quisiera demostrar aquí algo en un concurso, a ver si hay alguien mejor que él.

¿Nota, en su eterno modo de monólogo, las miradas fijas de los demás? ¿Es realmente una criatura de carne y hueso? ¿O un alienígena? ¿Viene con intenciones pacíficas? ¿Quiere adormecernos, o incluso convencernos, repleto de información, metáforas y tesis de libros jamás oídos, o quizás solo, como lo llama Steve Bannon, «inundar la zona de mierda»?

Yarvin no es un alienígena, por supuesto. Todo lo contrario: es, también en un sentido freudiano, incluso un hijo del mundo liberal. Sus abuelos eran comunistas judíos en Nueva York; el padre, funcionario de carrera en el servicio exterior, destinado en Portugal, Chipre y Nigeria. La madre, después de que los hijos abandonaran el hogar, se licenció en Holocaust Studies y trabajó como profesora. Una familia de las profundidades del Deep State americano, como diría el propio Yarvin. De adolescente se saltó tres cursos, una superdotación matemática; a los 18 se graduó en la Brown University, una de las mejores de Estados Unidos, con especialización en informática.

Con 15, 16 años había descubierto Usenet, una red auténticamente anárquica, descentralizada e igualitaria. Un campo de juego para hippies y nerds; Yarvin lo llama magical. En su juventud leyó la literatura sobre el Holocausto de su madre; después de dos whiskys (Macallan de 18 años, difícil hacerlo mejor), habla en Elmau con sarcasmo de «pornografía del Holocausto». Todo encaja: la capacidad de absorber páginas de libros tan rápido como los lectores normales absorben frases sueltas. Su autodescripción como intelectual medio judío. Su cerebro matemático superdotado. Su entusiasmo por autores como Ernst Jünger o Hunter S. Thompson. Las largas noches en el sótano frente al ordenador. El odio y la rebeldía de la pubertad. Es fácil perderse en las rabbit holes, los túneles del conejo de internet.

«América necesita un César.» Curtis Yarvin

¿Cuál podría ser entonces el núcleo, por así decirlo, «racional» de su cosmovisión, la parte que podría comprenderse en alguna medida? Leyendo sus textos, escuchándole, pidiendo ayuda a la IA Claude, el resultado es más o menos el siguiente:

Primero: la democracia no funciona. Es una mentira; el poder no está en manos del pueblo, sino en las de una élite. Segundo: la democracia es en principio comunismo, que finge que todos son iguales cuando en realidad manda el Politburó. Tercero: la democracia debe ser sustituida por la monarquía, entendida como dominio unipersonal, ya sea con un rey o con un CEO como Steve Jobs. Cuarto: Napoleón, George Washington, también el autócrata que admira, Nayib Bukele en El Salvador, que mete a decenas de miles en la cárcel: todos, fundadores de startups. Quinto: los seres humanos simplemente no son iguales, lo que también significa que la mayoría es demasiado estúpida para la democracia.

Sexto: la producción de superestructura la gestiona una institución que él llama «la Catedral», una especie de comunidad de fe de izquierda liberal compuesta por Harvard y el New York Times, la academia y los medios, que determina qué es verdad y quién pertenece al club. Séptimo: un sistema tan sofisticado que organiza por sí solo, sin dirección, un discurso que solo finge interesarse por la verdad y produce mentiras. Octavo: un Estado con un gobernante y propietario no necesita la Catedral, porque no requiere legitimación por la opinión pública. Puede permitirse la verdad; no depende de los votos. Y como el Estado le pertenece, ya por interés propio le conviene que ese Estado prospere. Noveno: América necesita un César americano. Democracia, Deep State, Catedral: todo eso debe abolirse. Décimo: desde el punto de vista de Curtis Yarvin, la visita al Schloss Elmau debe de haber sido una visita a la Catedral.

Y aquí va también una lista de provocaciones y fealdades anteriores y recientes de Yarvin: que la esclavitud es una relación humana natural. Que Nelson Mandela no es más que un terrorista, como Anders Breivik. ¿Y Hitler? Habría restaurado el orden en el Reich; a la gente le habría ido mejor en 1936 que en 1931; la guerra habría sido en realidad una lucha por recuperar la soberanía; Hitler habría sido un buen CEO, de no ser por lo del Holocausto.

No hay que subestimar el poder de influencia de Yarvin. Desde finales de los años 2000 alimenta el mundo de la derecha con ideas en sus blogs y publicaciones. Que Trump se escenifique como rey en las redes sociales y que los manifestantes anti-Trump se agrupen bajo el lema «No Kings» puede atribuirse a Yarvin. También fue él quien ya en 2024, en uno de sus posts en Substack, especulaba con si Gaza podría convertirse en un proyecto inmobiliario con resorts, antes de que Trump lo hiciera.

¿Por qué está Curtis Yarvin aquí en Elmau? «Porque me invitaron.» Más tarde dice también que puede contribuir a evitar malentendidos entre los dos bandos. Lo cual suena gracioso, pero va en serio.

¿Qué tiene que ver la democracia con el wrestling?

Uno de los colegas de Krastev había anunciado la conversación con Curtis Yarvin como el «Thrilla in Manila», en referencia al legendario combate de boxeo entre Muhammad Ali y Joe Frazier en Manila en 1975. Se convirtió más bien en un boxeo de sombras. Yarvin está algo despatarrado en su silla, con las piernas bien extendidas. También Krastev le pregunta por qué aceptó la invitación. «Está bien tomarse un descanso del bebé de tres meses que tengo en casa», dice Yarvin. Pausa breve. «Es una broma.»

En algún momento de esta conversación, Krastev recuerda la emoción de poder votar por primera vez después de la caída del Muro, de poder rechazar a un gobierno viejo y empoderar a uno nuevo. Y luego preguntó cómo se transferiría el poder de un CEO a otro en el nuevo mundo de Yarvin. Una pregunta clara y simple.

Yarvin comienza su respuesta con una digresión sobre los consejos escolares, una institución que solo finge ser responsable de algún modo. Da un rodeo por la Edad Media a través de los merovingios, los distintos Clodoveos y Pipino, recoge por el camino al emperador japonés, vuelve a los consejos escolares —todo esto no hace falta entenderlo— para acabar en el wrestling, donde durante mucho tiempo no se supo que los luchadores solo lo fingen y que todo está guionizado.

En el wrestling, sin embargo, existe algo que se llama un «shoot»: cuando un luchador se pone verdaderamente furioso y quiere hacerle daño de verdad a su oponente, cuando la simbolicidad se convierte en realidad. La democracia sería como el wrestling, más símbolo que realidad, y las elecciones una trampa de cartón, y Donald Trump sería quien hace un «shoot». Lo cual no significa que Trump ya sea el César americano, con poder ilimitado y capaz de destruir todo el sistema.

Más o menos así, y durante diez minutos. «Doing the Putin», describe Yarvin en otra ocasión su forma de no responder preguntas.

Krastev pone fin a la conversación, de forma relativamente abrupta, evocando una historia de ciencia ficción que había escuchado una vez. Transcurre en un mundo donde se puede viajar en el tiempo. Cuando la gente se va de vacaciones, reserva un viaje al fin de los tiempos. La buena y reconfortante noticia, dice Krastev, es: «Cuando regresan, todos cuentan una historia diferente de lo que vieron allí.» Elegancia tardo-habsburguesa, humanidad diplomática.

Tras la conversación, Yarvin se queda al borde del estrado; invitados y periodistas forman un semicírculo a su alrededor, con un poco de ambiente de estrella de rock. Simplemente sigue adelante. Krastev ha tenido mejor humor. Es sencillamente imposible conversar con Yarvin. «No hay manera», dice Krastev.

«Les vuelvo un poco locos, pero solo para evitar lo peor.» Peter Sloterdijk

Unos días después de Elmau, Krastev escribe en un correo electrónico que la metáfora de Yarvin de las «píldoras rojas» —para desenmascarar las hipocresías del sistema liberal— ya no funcionaría igual que el concepto liberal de las «líneas rojas» que quiere mantener a los bárbaros fuera de las puertas. La imagen de las píldoras rojas procede de la película Matrix, donde solo con su ayuda se puede ver el mundo tal como es. Krastev dice que gente como Yarvin ha conseguido sustituir las ideologías por teorías conspirativas. Pero ahora están en el poder. La derecha de Silicon Valley se aprovecha de que nos enfurecemos con sus provocaciones y por eso nunca hacemos las preguntas simples, aunque las preguntas simples son las que mejor revelan el vacío de su pensamiento.

Una democracia necesita experimentos. El avance del conocimiento necesita experimentos. Quizás experimentos como la invitación a Yarvin existen sobre todo para fracasar, aunque sea solo para cuestionar viejas certezas. Nadie habrá esperado que Yarvin, al final de los días en Elmau, dijera de repente: habéis sido tan maravillosos, me lo he pensado mejor, quiero ser uno de vosotros. Pero quizás sí se habría deseado un poco más de claridad como respuesta a un interés por conocer nunca expresado con hostilidad.

Yarvin está aquí en el Schloss Elmau de visita en la Catedral, que naturalmente existe; Yarvin no se equivoca del todo. Pero es más que una mera máquina de superestructura autorregulada. Timothy Garton Ash habló de que Elmau es un lugar de civilización, de prosperidad, de paz, de cosmopolitismo. Un lugar del poder sin coacciones del mejor argumento. Pero también un lugar de autorreflexión. Faltaría más.

¿Pero quién es realmente Curtis Yarvin? En La montaña mágica de Thomas Mann existe el personaje de Naphta, hijo de un carnicero ritual judío, un profesor que odia el humanismo y la Ilustración y cree que el ser humano necesita la sumisión. Tiene lugar un duelo con su contraparte Settembrini, el humanista liberal e ilustrado, que dispara al aire para salvar al adversario. Un acto de humanidad. Naphta se enfrenta a un dilema interesante: si se rinde al humanismo de Settembrini, seguiría vivo, pero eso supondría el reconocimiento de una derrota. Así que se suicida.

Curtis Yarvin con Alex Soros en Elmau: el «facista simpático» y el enemigo principal de la nueva derecha

Dos semanas después de Elmau, Curtis Yarvin publica en X una foto que lo muestra con Alex Soros. Para ambos es una foto con el diablo. Los dos sonríen, casi resplandecen. El brazo de Yarvin sobre los hombros de Soros. Podría parecer que Soros esquiva un poco el abrazo y que en la mirada de Yarvin relampaguea el triunfo, quién sabe. La foto tiene algo de peligroso para ambos; puede interpretarse como una traición mutua, es una apuesta, a la vez escándalo y sensación. Krastev le había pedido a Yarvin que no la publicara hasta dos semanas después del evento. Yarvin lo cumplió. Su texto en X: «La gente de arriba del todo tampoco son sociópatas.» Énfasis en «tampoco». El post fue visto 1,1 millones de veces, un múltiplo de sus cifras habituales. Alex Soros no publicó la foto.

Si Yarvin en Elmau es Naphta, Alex Soros podría ser Settembrini. Soros llegó con varios asistentes y da la impresión de estar bastante contento cuando nadie le habla. Dirige la fundación más grande del mundo liberal, está estrechamente vinculado al Partido Demócrata. El año pasado se casó con Huma Abedin, la ex asesora de Hillary Clinton.

Una de las noches, conduce en el gran salón una conversación pública con Peter Sloterdijk, quien, reconoce Soros, es un héroe para él, y que siempre es peligroso conocer a los propios héroes.

La conversación tiene algo de recreación posmoderna de un diálogo filosófico en el ágora entre maestro y discípulo. El joven, ex estudiante de filosofía que hasta hace poco llevaba la vida de un heredero aficionado a las fiestas y cuyo nerviosismo tiene algo de pánico, casi como si se estuviera forzando a sí mismo en el nuevo papel. Y el viejo filósofo, que en lengua ajena asume el papel del Sócrates globalizado de habla inglesa, dispuesto a sacar al joven de cualquier apuro, pero que en un momento le pregunta también si, dada su filantropía y su linaje, no tiene «una conciencia terriblemente mala». Puede responder con toda franqueza, están entre amigos.

Soros queda algo descolocado. «¿A qué se refiere exactamente?», pregunta. Soros tartamudea, necesita varias frases para ordenar sus pensamientos. Su padre había asumido la responsabilidad de su riqueza, algo que hoy ya no es habitual. Los Elon Musk creen que ya con sus empresas están mejorando el mundo, aunque sea un viaje a Marte. Por otro lado: es evidente «que Trump está intentando desconectarnos. Existe ese viejo dicho de los tiempos soviéticos: Muéstrame al hombre y yo encontraré el delito».

No tarda mucho en que Sloterdijk coja impulso. Un poco de Heidegger y Musil, Nietzsche y Sócrates, y en algún momento ha llegado al mundo de las redes sociales, que harían posible que en cualquier momento un desconocido se convirtiera en líder de un nuevo partido. Como si el mundo fuera una Torre de Babel, desde cuyas 1.000 ventanas blogueros se asoman a predicar su palabra, en una competición de aficionados paranoicos cuyo efecto solo se despliega a través de los medios.

Desde hace nueve años no pasa un día sin Trump, y los medios están atrapados como en una especie de complicidad. Independientemente de qué y cómo informen sobre él, cada noticia, cada comentario se convierte en apoyo electoral gratuito. El medio es el mensaje, el mensaje en sí vacío de contenido, aunque finjan ser lo esencial. La única posibilidad: el silencio. Pero eso no les es posible a los medios.

A esto se añade que lo que llamamos democracia es siempre también una operación bajo bandera falsa. No es el pueblo mismo quien gobierna, no el demos, sino unos pocos, los oligoi, que supuestamente lo representan. Una oligarquía, pero también una fobocra-cia, un gobierno del miedo, en el que la comunicación no solo existe para despertar nuevos deseos, sino también para generar permanentemente nuevos miedos y preocupaciones, lo que a su vez produce una atmósfera de desconfianza e insatisfacción. Y solo quien está libre de miedo es un verdadero demócrata.

En realidad, la democracia es un sistema de expectativas y una promesa de mejorar la vida de las personas. Si se rompe, esta operación bajo bandera falsa colapsa. El horizonte de las expectativas implosiona; reflejos oscuros, defensivos y conservadores sustituyen a la confianza. Ya la perspectiva de que a los hijos no les vaya mejor es una violación de esta premisa. Con consecuencias fatales: los votantes reaccionan agresivamente, quizás también de manera autoagresiva, porque eligen algo que solo confirma su desesperación. Su incredulidad se convierte en hecho político. Quien no cree que Jesús camina sobre el agua difícilmente sirve para la fe cristiana.

¿Quién cura a la sociedad?

Lo que podría ayudar, explica Sloterdijk más tarde en una conversación la última noche, mientras fuera la montaña y el cielo arden. Quizás habría que hacer de la premisa de la democracia —mejorar juntos la vida de todos— un segundo preámbulo de nuestra Constitución. Complementado con el ritual de un juramento colectivo público de los jóvenes que se comprometan a ello. Una especie de confirmación secular.

A Sloterdijk también le viene a la cabeza una frase de Johann Wolfgang von Goethe que describe la sociedad como una especie de hospital. Quizás habría que crear una sociedad de grupos de autoexperiencia en la que se curarán viejas heridas, humillaciones, ofensas, autodesprecio de todo tipo, lo que suena un poco a los viejos tiempos del 68, al largo viaje a India, que Sloterdijk también lleva todo ello en la mochila de su biografía. Una sociedad en la que artistas, filósofos y quizás también periodistas se entiendan a sí mismos como sanadores de las almas de un electorado traumatizado.

Al filósofo le corresponde en este hospital el papel del médico vacunador, cita Sloterdijk a Nietzsche. Inyecta a las personas un poco de locura para protegerlas de la gran locura. «Os vuelvo un poco locos, pero solo para evitar lo peor.» Una sociedad de no vacunados, gobernada por no vacunados, es receptiva a cualquier forma de locura.

Algunos de los pensamientos de Sloterdijk, uno se da cuenta solo más tarde, no están tan lejos de Curtis Yarvin. Pero la base es otra: un humanismo europeo profundamente arraigado en lugar de desprecio tecnocrático por el ser humano.

El enfoque de Mark Leonard, el autoproclamado fantasma del pasado europeo, es algo más terrenal. Dirige el think tank European Council of Foreign Relations, con oficinas en Berlín, Londres y Washington, con más de 150 empleados y un presupuesto anual de 16 millones de euros, de los cuales una parte no desdeñable proviene de las Open Society Foundations, pero también de otras fundaciones y de ministerios de exteriores de países europeos.

Existe esa autodescripción bienintencionada de que los alemanes o franceses o búlgaros nos gusta sentirnos europeos, lo que la mayoría de las veces es más afirmación y esperanza que realidad. Leonard, sin embargo, de 51 años, todavía con el entusiasmo de un veinteañero, es verdaderamente europeo, y precisamente porque ninguna otra adscripción le vendría mejor. Habla francés, alemán y un inglés con vocales cockney. Su abuela, nacida en Bad Godesberg, huyó primero de los nazis a Palestina, luego fue a Francia, siempre hacia el sur esquivando a los nazis; el abuelo, en la Legión Extranjera, en algún lugar de Libia. Tras la guerra, ella regresó a Alemania, al país de quienes habían asesinado a sus familiares.

El propio Leonard nació en Inglaterra, creció en Bruselas, tiene pasaporte británico y alemán. El padre fue diputado laborista en el Parlamento británico y escribió para The Economist. Leonard tiene un piso en Berlín, una casa en Londres, y si sus hijos tuvieran que elegir a qué equipo de fútbol apoyar, probablemente sería el alemán. Mark Leonard es un hijo del continente y de sus catástrofes, un hijo de la experiencia europea de que solo la unidad crea paz. En los años 2000 escribió un libro eufórico titulado Por qué Europa liderará el siglo XXI, una especie de carta de amor a su hogar, que pronto resultó ser un error.

Mark Leonard

Leonard, a diferencia de Sloterdijk, no se mueve en el ágora de la Antigüedad y en las bibliotecas de este mundo, sino en la realidad del presente, y lo hace con los instrumentos de la sociología política. Más reportero que filósofo. De joven había inventado para Tony Blair el eslogan «Cool Britannia», para lo que entrevistó a docenas de artistas, pensadores, creadores de opinión y creativos, analizó encuestas, buscó confirmación de su intuición de que Gran Bretaña era ya mucho más moderna de lo que ella misma se percibía. Buscaba un nuevo relato para un país que había sido Imperio y ahora no parecía ser nada más que postales del Big Ben.

Leonard sigue trabajando así. En febrero publicó un informe bajo el título La Nueva Derecha. Anatomía de una revolución política global, basado en entrevistas con representantes de la Nueva Derecha en Europa y Estados Unidos, en sus programas de partido, en estudios y encuestas. El informe comienza con una cita de JD Vance en la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2025: lo que le preocupa, dijo Vance entonces, es la amenaza de Europa a sí misma. «A quien huye de sus propios votantes, tampoco los Estados Unidos pueden ayudarle.» La frase de Vance fue percibida entonces como una insolencia y provocó indignación. Pero ¿y si el análisis no fuera tan errado?

El argumento de Leonard: la Nueva Derecha, que se considera una reunión de chiflados retrógrados, irracional y poco digna de ser tomada en serio, es en realidad un movimiento hipermoderno, organizado y conectado internacionalmente, a pesar de todas las diferencias culturales y de los distintos grados de radicalización. Un movimiento que dentro de Europa ya representa la familia política casi más grande. Un movimiento que ha entendido mejor que los otros partidos las circunstancias políticas, sociales e intelectuales actuales. Una manifestación radicalmente contemporánea y también un proyecto intelectual común.

Su tesis central: la democracia liberal ha fracasado, igual que el orden mundial que creó tras la Segunda Guerra Mundial, basado en la globalización y la interdependencia mutua, porque una crisis siguió a la otra, sacudiendo las culturas nacionales y sus economías: crisis financiera, crisis del euro, crisis migratoria, pandemia de covid, invasión de Ucrania. Todas ellas, por cierto, escribe Leonard, producto del propio liberalismo, que a su vez fue incapaz de dominar las crisis. ¿Y a qué intereses respondieron los gobiernos cuando rescataron bancos pero desmantelaron el Estado de bienestar? No a los de la gente corriente, que perdió su trabajo y pagó precios más altos, sino a los de las élites.

La cadena de crisis interminable habría sido el momento en que la Nueva Derecha reconoció que todo esto cuestiona la legitimidad y autoridad del orden liberal y sus partidos. Así, lo que antes se llamaba la clase obrera se convirtió en el objetivo de la Nueva Derecha: una clase obrera que se sentía perdedora porque había perdido ingresos, seguridad y estatus.

El análisis de la Nueva Derecha, por cierto, no suena muy diferente a uno marxista. Puede que incluso sea una evaluación acertada, incluso objetiva. Sin embargo, la agenda política que se construye sobre ella apunta hacia la derecha: definir una nueva identidad nacional, estableciendo fronteras que muestren simbólicamente quién pertenece y quién no. Aranceles que protejan la producción nacional y revaloren el trabajo asalariado autóctono. Una política exterior que sirva únicamente a los intereses nacionales estrictamente delimitados. Y un programa antiestatal que destruye el Deep State y la burocracia.

Es una agenda política que pudo edificarse sobre una estructura de esfera pública completamente nueva. Una esfera pública sin guardianes, una esfera pública como la que describe la Torre de Babel de Sloterdijk. Una esfera pública en la que no se insiste en otras opiniones, sino en otros hechos, y en la que la emocionalidad y la subjetividad determinan qué es verdad, y no la producción de verdad del mundo liberal. Por eso también la lucha por la libertad de expresión es tan importante para ellos.

La maniobra más eficaz, sin embargo, dice Leonard, habría sido marcar a los partidos democráticos como defensores de las élites que no quieren cambio sino preservar el statu quo, y que se sienten como adultos que, a diferencia de los insurgentes, comprenden de verdad lo complicados que son la política y sus temas y procesos, y que ahora advierten de que los populistas lo volarían todo por los aires. Lo cual es exactamente el objetivo: disrupción total.

Esto no significa, a su vez, que el auge de la Nueva Derecha esté libre de contradicciones. Porque los líderes del movimiento son, naturalmente, ellos mismos élite: Trump, magnate inmobiliario de Nueva York; Nigel Farage, trader en la City londinense; Alice Weidel, cuya biografía suena como si se hubiera equivocado de campamento: lesbiana, vive en pareja con una inmigrante, una carrera como banquera en Goldman Sachs antes de entrar en política.

¿Y los demócratas liberales? Primero minimizaron la amenaza de la Nueva Derecha, luego imitaron su política. Pero quien copia en política a menudo ayuda a quien diseñó el original. En su lugar, habría que reconocer, en modo de curiosidad, la fuerza de la crítica derechista a la democracia liberal, dice Leonard. Hay que tener respeto por sus votantes y tomar en serio las necesidades y sentimientos de la clase obrera, hacer una política que cumpla la promesa de la democracia de mejorar la vida de todos. Como ha ocurrido en los Países Bajos y Dinamarca, donde liberales y socialdemócratas respectivamente pudieron plantar cara a los populistas. Y también aprovechar que Donald Trump, el motor de la Nueva Derecha, podría convertirse en su problema, porque ya hace tiempo que en todo el mundo occidental hay mayorías que temen la política imperial de Trump, sus guerras y sus consecuencias. También podría ser un camino para los demócratas demostrarse como verdaderos defensores de la soberanía nacional.

¿Qué se puede aprender de China?

Los demócratas liberales, dice Leonard, tendrían que alejarse además de su modo de demostrar al mundo, con el dedo levantado, su superioridad moral. Tendrían que reconocer que también las crisis futuras cuestionarán su legitimidad una y otra vez: el capital que fluye y nada y se entrelaza por todo el mundo, cada vez más inestable; el clima, que exige una forma de generación de energía diferente y más cara; la revolución tecnológica que lo cambia todo, sobre todo los mercados laborales. El cambio demográfico que reordena el mundo. Sus padres, dice Leonard, nacieron en un mundo que todavía estaba dominado en gran medida por europeos y americanos blancos. «El mundo de mis hijos será en gran parte africano.»

Vivió durante un tiempo en China, cuenta Leonard durante el almuerzo. Todavía intercambia ideas con amigos y pensadores de allí. Se puede aprender mucho de ellos. China es ya, en todos los aspectos —energía, demografía, capital, inteligencia artificial—, la fuerza motriz. Por primera vez en la historia del mundo es una civilización no europea la que tiene la pretensión de mostrar al mundo cómo debería ser. Y eso tiene que ver menos con el tipo de régimen autocrático que con una actitud hacia el mundo.

Nosotros los europeos, dice Leonard, hablamos de cómo preservar o restablecer el orden. Sus amigos chinos se preguntan cómo se vive y se sobrevive en un mundo de desorden y caos. Los europeos quieren planificar y organizar su sociedad como un arquitecto que construye un gran edificio. El arquitecto que establece unos principios, elabora un plan, lo visualiza en dibujos y lo somete a procedimientos de aprobación, lo que tarda bastante, para crear una nueva realidad.

Sus amigos chinos piensan como artesanos que improvisan y experimentan en el caos del cambio constante. Si la lavadora se estropea, hay que repararla o construir una nueva. No hay plan para un gran edificio nuevo; solo hay la lavadora rota. «Y ese me parece el mejor enfoque en estos tiempos.» No tener plan, probar cosas, experimentar. El futuro está abierto; no sabemos cómo será. Tenemos que reaccionar más al mundo y adaptarnos a él, encontrar un camino entre el caos, en lugar de creer que podemos moldearlo. Pero no tiene sentido aferrarse a una idea, a un statu quo abocado a la ruina y que para la gente fuera de Occidente no tiene ningún significado de todos modos.

¿Qué puede concluirse hasta ahora? Que la democracia es una promesa de un futuro mejor y que se mete en problemas cuando no cumple sus promesas. Que los demócratas no deberían huir por miedo a sus votantes. Que debemos preservar nuestra curiosidad sobre lo que impulsa a los adversarios de la democracia. Que en tiempos de caos y desorden no debemos pensar demasiado en grande. Que realmente vivimos en una época de ruptura y disrupción. Que nuestra sociedad es un hospital de almas perdidas.

Pueden añadirse todavía dos reflexiones. Una de la socióloga franco-israelí Eva Illouz, que se ocupa de manera muy lúcida y sosegada del universo emocional de las democracias capitalistas occidentales. En Elmau aparece públicamente esos días solo una vez, en una mesa redonda que grabó un colega. No se la ve en las comidas colectivas ni en el bar, casi como si no estuviera. Puede que tenga que ver con la presencia de Yarvin, o puede que no.

Dice que no es posible mantener la política libre de emociones; no existe política sin sentimientos. La crisis de la democracia es ante todo una crisis emocional. El populismo tiene éxito porque moviliza emociones como el miedo, el asco, la venganza y el nacionalismo, mientras que la caja de herramientas emocional del liberalismo —la compasión, la esperanza y la culpa— se agota como motor del cambio. Los votantes de los populistas no son irracionales, sino que desean de manera perfectamente racional la destrucción de un sistema que rechazan y del que también ellos son rechazados.

En su lugar, en ambos lados ha surgido una especie de expectativa apocalíptica. Peter Thiel, apelando a antiguas profecías, evoca como en un delirio religioso el colapso social. La izquierda radical anhela, como en un sueño febril anarquista, el hundimiento de Occidente, que confirmaría todo lo que Marx, Lenin, Trotski y Gramsci pensaron alguna vez.

La propuesta de Illouz es una especie de guía terapéutica para la sociedad de grupos de autoayuda de Sloterdijk. Es hora de redescubrir el tercer valor de la Revolución Francesa: no solo libertad e igualdad, sino también fraternidad. Como un sentimiento universalista que también ve y reconoce al extraño; la equidad es un hecho biológico. No son los mejores argumentos los que salvan la democracia, sino los mejores sentimientos.

La segunda reflexión proviene de Nathalie Tocci, la politóloga italiana. En la década de 2010 trabajó como asesora especial en Bruselas para distintos altos representantes de la UE para Asuntos Exteriores. Fue una de las autoras de un documento que resumía la estrategia global de Europa bajo el concepto de «pragmatismo con principios». Pragmatismo con principios: encaja bastante bien con Tocci.

Rechaza la integración de la Nueva Derecha en el sistema político. Sería imposible enseñarles buenos modales a sus actores. Habría que derrotarlos. Dos cosas son importantes. Primero, que los gobiernos democráticos entreguen por fin resultados, que cumplan efectivamente su promesa en su política cotidiana. Menciona a la danesa Mette Frederiksen y al español Pedro Sánchez, que gestionan su política de maneras diferentes: la una más hacia la derecha, el otro más hacia la izquierda.

Nathalie Tocci, la politóloga italiana

Segundo, las democracias necesitarían una nueva historia con personajes carismáticos porque auténticos, como James Talarico, el candidato demócrata de Texas de apariencia juvenil, que carga su fe cristiana con contenidos progresistas y proclama una «política del amor». Lo cual sí que es una historia. En las encuestas está actualmente empatado con los candidatos republicanos, y eso nada menos que en Texas. Nada de esto existe en Italia del lado de los demócratas: ni historia, ni carismáticos. Solo Meloni. Que es una fascista lista, lo que la hace especialmente peligrosa.

Uno no tiene ganas de enfrentarse a Tocci; también ella es lista, rápida y tiene temperamento. Pero ¿qué tiene exactamente de tan grave la señora Meloni, que no quiere salir de la UE, todo lo contrario, que al lado de la señora von der Leyen intenta mantener el barco a flote y también actúa como mediadora con la gente de MAGA? Incluso los italianos de izquierdas reconocen que ejerce su papel de jefa de gobierno como una especie de madre de la nación, como gran cuidadora que atiende las preocupaciones de su gente. Probablemente le gustaría reformar Italia tal como Orbán hizo en Hungría. Su referéndum judicial, un primer paso en esa dirección, fue rechazado por la población. Todo podría ser muy terrible en Italia, pero de momento no lo es. ¿No es eso también democracia? ¿Y no es especialmente democracia que en Hungría Orbán sea derrotado después de 16 años?

¿De dónde viene el miedo a los votantes?

¿Y qué hay del futuro?

David Runciman, 4.º Vizconde Runciman de Doxford, 59 años, es una presencia agradable. Alto y delgado, rostro amable, una voz a la que uno podría escuchar durante horas. Para alguien como él habría que haber inventado los podcasts. Tanta voz, tanto saber.

Dice que la democracia liberal es la historia de su vida, como en general la de casi todos los que se han reunido aquí en Elmau. Creció en los años noventa, probablemente una de las décadas más excepcionales de la historia de la humanidad. Pero si la democracia merece sobrevivir, eso no lo sabe. Solo sabe que no es un buen argumento insistir en algo solo porque se tiene miedo de que los cambios traigan algo malo. «Cambiar la democracia no es peligroso. No cambiarla, eso sí es peligroso.»

Existen cientos de otras ideas de cómo organizar la democracia. No tiene que tener el aspecto de ese paquete que se ató en los años noventa y que nunca debe desatarse. Elecciones, partidos políticos, Estado de derecho, derechos individuales, parlamentos, separación de poderes, libertad de expresión, orientación en valores, medios de masas. En realidad, hay que examinar con más atención cada una de las partes y reflexionar sobre dónde están los problemas y cómo podrían hacerse las cosas de otra manera.

Hace diez años hubo en Gran Bretaña un referéndum que hoy se evalúa como un error, como una gran desgracia y una estupidez. Sin embargo, una mayoría se había posicionado precisamente contra lo que los demócratas liberales consideraban las virtudes de su mundo de ideas: fronteras abiertas, intercambio ilimitado de mercancías, una nueva fluidez de identidades básicamente nacionales, valores compartidos. Los partidarios del Brexit lo habían entendido perfectamente. Sin embargo, tenían una opinión completamente diferente. También aquí: ¿puede ser que Boris Johnson no fuera la causa del Brexit, sino su síntoma?

En ese sentido dice Runciman: necesitamos más referéndums, no ninguno. Tener miedo de los votantes es una debilidad. O expresión de un pensamiento elitista.

Cuenta Runciman que una vez propuso rebajar la edad de voto a seis años. Hubo gente que se burló de él entonces. Vamos, David, hubo una época en que eras mejor. Pero lo decía completamente en serio. No cambiaría mucho, no podría pasar gran cosa, ningún niño de diez años sería elegido primer ministro, pero surgiría una sensación general de participación y contribuiría a que los jóvenes participaran y no desaparecieran en la desilusión.

¿O qué tal si en las papeletas, junto a los nombres de los candidatos, hubiera una casilla para marcar «ninguno»? Y luego, de entre todos los que hubieran votado «ninguno», sacar a uno por sorteo y decirle: ahora tú tienes que hacerlo. La mayoría entonces quizás empezaría a interesarse de verdad por los candidatos y a decidirse en consecuencia. Mejor ellos que yo.

Runciman tampoco sabe, naturalmente, si todo eso tiene sentido. Son pequeñas fantasías. Pero cree que pensamos en parámetros demasiado estrechos. ¿Llegan todavía nuestras constituciones, encajan en el presente? ¿Deberíamos reinventar nuestro sistema electoral?

Al final, dice, probablemente resultará que nuestro sistema será al mismo tiempo más democrático y menos democrático que ahora. Los votantes podrían participar más en los procesos políticos, decidir ellos mismos sobre cosas que afectan a sus vidas. También porque en una sociedad digital ya están acostumbrados a decidir cada día a favor o en contra de algo.

Pero también menos democrático, porque nuestras democracias liberales y sus procesos son demasiado lentos, demasiado complicados, demasiado engorrosos, en un mundo de política de poder y una nueva competición naciente entre naciones, en un mundo determinado por las dinámicas de Elon Musk o de los chinos.

Lamentablemente no existe un GPS político que nos lleve a un futuro paradisíaco.

¿En qué desemboca todo esto? Runciman dice que rechaza el pensamiento en binaridades. ¿Optimismo o pesimismo? ¿Bueno o malo? ¿Catástrofe o paraíso? El pensamiento binario estrecha la mirada. Ocurrirán muchas cosas —inteligencia artificial, cambio climático— que tendrán consecuencias malas y al mismo tiempo buenas. No tiene sentido contarse constantemente una historia con una moraleja al final.

Sobre una cosa, sin embargo, le preocupa seriamente. Hace casi dos meses expiró el tratado START sobre la limitación de armas nucleares estratégicas entre Rusia y los Estados Unidos y no fue renovado. Curiosamente, con casi 60 años vuelve a tener los mismos miedos que cuando tenía ocho: que el mundo podría acabar en una guerra nuclear. Ya sería mucho si se pudiera evitar eso.

Las últimas palabras de esos días las tiene, no del todo sorprendentemente, Ivan Krastev. Con el dedo índice apoyado en el mentón, la cabeza ligeramente ladeada, comienza: «Escuchen: Dan Quayle, un ex vicepresidente de los Estados Unidos que por lo demás no fue tan decisivo, dijo en 1989 una frase interesante: el futuro será mejor mañana. Se equivocaba. El futuro era mejor ayer.»

¿Pero cuándo habríamos empezado a temer el futuro? Para muchos, y especialmente para los europeos del Este, el futuro era entonces algo por lo que valía la pena vivir. El futuro era alcanzable en coche; uno podía decidir vivir en Alemania o estudiar en Inglaterra y esperar que la tierra natal fuera pronto como Alemania. El futuro estaba ahí. Se dejó de pensar en él.

30 años después, del fin de la historia de Francis Fukuyama se ha hecho el fin del futuro. Nos sentimos, por miedo a nuestro futuro, como los últimos hombres que se preocupan por su propia extinción. El futuro ya no es un proyecto que pueda moldearse, sino una proyección del apocalipsis.

¿Cómo recuperamos el futuro?

El miedo a la extinción tiene tres niveles. Los científicos dan por sentado que, a causa del cambio climático, en las próximas décadas tres mil millones de personas se pondrán en camino porque donde viven ahora ya no podrán vivir. Esta imagen —tanta gente en movimiento— se ha grabado profundamente en él, dice Krastev. No puede imaginarse cómo podría entenderse o incluso controlarse ese mundo.

El segundo nivel: la mayor parte de la humanidad vive en países cuya tasa de fertilidad está por debajo de la reproducción. En Corea del Sur está ya en 0,7, en lugar de los necesarios 2,1 hijos por mujer, lo que significa que ese país perderá la mitad de su población en los próximos 20 años.

Podría preguntarse qué consecuencias tiene eso para la economía. O echarle la culpa a la gente que decide no tener hijos. Pero eso no es lo que le importa a Krastev. Cada uno decide lo que quiere y lo que no quiere, por eso también es tan difícil, desde el lado del Estado, hacer que las tasas de fertilidad vuelvan a subir. «Pero gente como mi madre», dice Krastev, «no se pregunta cómo será el mundo dentro de 20 o 30 años. Nadie habla así del futuro. Pero ella se pregunta en qué mundo vivirán sus nietos. Si no se tienen hijos, esa pregunta no se plantea.»

En su lugar, la gente se pregunta cómo envejecerá, sola y sin hijos. Ese envejecer podría ser bastante divertido. «Aunque», dice, «no estoy del todo seguro.»

Y el tercer nivel es, naturalmente, la inteligencia artificial. La extrema derecha tiene miedo de ser sustituida por inmigrantes. Cuando en realidad tenemos una elección: inmigrantes o robots.

Cuando se pierde la esperanza en el futuro y se la sustituye por el miedo, eso es peligroso para una democracia que, como ya sabemos, es una promesa de futuro. Pero el activista climático cree que si Trump es reelegido el mundo se acabará definitivamente. La derecha cree que, si no son elegidos ellos, el reemplazo será irreversible. Y los liberales, por miedo a las próximas elecciones y a la erraticidad de sus votantes, caen en un estado de shock paralizante. Actúan como si cada próxima elección fuera la última. Como si en las próximas elecciones estatales de Sajonia-Anhalt se decidiera el destino de la democracia alemana. Lo cual no es así, eso al menos es seguro.

Pero el destino de la democracia nunca se decide en las próximas elecciones. Lo que hay que ganar no son las próximas elecciones, sino el futuro. Porque el futuro es una institución invisible pero esencial de nuestra civilización. Y se basa en que el futuro está abierto, en que se puede influir en él, pero también en que permanezca provisionalmente desconocido.

«He decidido», dice Krastev, «no dramatizar las cosas, sino trivializarlas.»

Krastev termina con un gesto propio. A la pregunta sobre sus visiones de futuro, cita un viejo eslogan de la oficina de turismo búlgara, que, como se sabe, no tenía mucho que ofrecer a sus ciudadanos encerrados: «Take it easy.»

Por la noche toca en Elmau el pianista italiano Ludovico Einaudi. El concierto no tiene nada que ver con el simposio. Pura coincidencia. Pero muy apropiada.

Einaudi quiere prepararse en el Schloss Elmau para su gira por Europa, que lo llevará por las grandes salas del continente. Es un viejo amigo de la casa y una estrella de la llamada neoclásica. Música tranquila y suave, con muchas pausas. También podría llamarse jazz de meditación: el polo opuesto de lo que el colega ruso ofreció la noche de apertura. Cada golpe de tecla, una caricia, en lugar de un disparo. Música para spas. Para personas agotadas del mundo.

Curtis Yarvin podría haber dormido maravillosamente. Pero no fue visto.

36 horas después comenzó el ataque a Irán.

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Schloss Elmau

Desesperación en la Torre de Marfil

Columna Transversal de Paolo Luers, 26 de abril, paololuers.com, elSITIO

En los Alpes alemanas hay un hotel de lujo, ubicado en un castillo llamado Schloss Elmau. Su dueño es un señor llamado Dietmar Müller-Elmau. Es un apellido extraño, porque combina el apellido más plebeyo del Alemán, Müller, con el nombre del castillo, como si fuera un título aristocrático. Pero no lo es, porque su abuelo Johannes Müller construyó este castillo fake, cuando la monarquía alemana ya estaba derrotada.

El señor invitó a su castillo a la creme de la creme de la intelectualidad occidental a participar en un simposio llamado “El mundo en pedazos”, coordinado por el pensador búlgaro Ivan Krastev, una estrella entre los intelectuales europeos. El dueño del castillo le encargó a Krastev el siguiente tema: ¿Cómo defender a la democracia? Una interrogante que, hoy en día, todo el mundo se hace en Europa ante el actual  auge del autoritarismo populista. Sin embargo, el pensador formuló la pregunta de otra manera: ¿Merece la democracia sobrevivir?

Con esto, dice este humilde comentarista, ya estaba programado el fracaso de esta cumbre de las mentes más brillantes del mundo occidental, o de quienes se consideran ser esta élite. No iban a salvar la democracia....

Habiendo definido el tema de esta forma, pareció casi lógico invitar a este simposio sobre el futuro de la democracia a uno de sus más fanáticos enemigos: Curtis Yarvin, el ideólogo más radical de la ultraderecha estadounidense, defensor de Hitler y el fascismo, el hombre que trata de dar sustento intelectual a la propuesta absurda de sustituir la democracia, que según él es una farsa, con una monarquía, en la cual se formalizaría el gobierna de la élite que de cualquier manera de facto rige los destinos.

Hubo algunos intelectuales que rechazaron la invitación a Schloss Elmau cuando se dieron cuenta que se había invitado a Yarvin. Resulta que tuvieron razón.

Como era de esperar, al final de los tres días de ponencias y debates, no hubo ni siquiera el  intento de contestar la pregunta inicial de cómo defender la democracia contra el auge de movimientos populistas de corte autoritaria. La discusión se dispersó más bien en ejercicios de autocrítica al funcionamiento, incluso a la idea de la democracia liberal. Así, abonaron  más a la autodestrucción de la democracia liberal que a su reforma y defensa.

Según una larga crónica de un periodista alemán, Lothar Gorris, quien participó en el simposio y lo analizó para la revista SPIEGEL (y cuyo texto traducido agrego a esta columna), las discusiones se concentraron en dudas en la capacidad de sobrevivir de la democracia en tiempos de Trump, Putin y Xi, el poder de los magnates de la tecnología y de la Inteligencia Artificial. Perdiéndose en debates sobre si “no podría ser que estemos asistiendo también al fin de la hipocresía política que es la democracia“, surgió la tesis que Occidente se encuentra cada vez más en un modo de autocuestionamiento ante la hibris que se le reprocha, y ya no es capaz de cumplir lo que promete."

Quien enfoca el debate así, terminará en más confusión que se tenía antes de iniciar la conversación. Lo que es exactamente el resultado de esta conferencia: la creme de la creme no tiene nada que aportar a la pregunta de cómo defender la democracia contra la autocracia. Y quienes tal vez tendrían algo que decir sobre esta pregunta que nos ocopa a todos, no fueron invitados - o no llegaron, porque no les gustó el enfoque de autoflagelación que propuso Iván Krastev.

Los pensadores de esta élite bien institucionalizada en tanques de pensamiento, universidades e incluso instituciones estatales cayeron en la trampa de una profecía autocumplida. Uno de los insumos que Krastev dio para el debate fue la pregunta “¿No tenemos que indagar cómo el caos en el mundo actual moldea nuestros sueños, decisiones y miedos, produciendo así una visión apocalíptica del mundo en la que, de tanto temer al pasado, perdemos el futuro." Si esto es el enfoque, es casi inevitable que el resultado sea exactamente esto: una visión apocalíptica del mundo que nos inhibe actuar en función del futuro. Las consecuencias son graves: resignación, en vez de trabajar para desarrollar mejores políticas con mejores resultados para la gente; la clase intelectual deslegitimando a quienes todavía proponen pasos políticos prácticos; la consecuencia más fatal: dar en el fondo legitimidad a la crítica que los Trump, Milei, Bukele, Musk y Yarvin hacen a la democracia liberal.

Para defender la democracia hay que creer en la democracia como la mejor entre todas las formas malas de gobierno. Los demócratas tenemos que ser autocríticos, pero no autodestructivos. Como se mostró en el ambiente de lujo y aislamiento de Schloss Elmau, o sea en altura de la famosa “torre de marfil”, del olimpo de la élite intelectual no vienen las ideas e impulsos para defender la democracia.

¿Qué hubiera dicho una pensadora como Hannah Arendt, la autora de “El origen del totalitarismo”, en Schloss Elmau? Tal vez esto: “En condiciones de tiranía es mucho más fácil actuar que pensar.”