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La autodestrucción de la democracia. Columna Transversal de Paolo Luers
Esta columna retoma y aplica a la reciente historia de El Salvador la tesis de un historiador alemán de que los dictadores llegan al poder no por la cantidad de sus fanáticos seguidores sino porque hay demasiado gente que no creen en la democracia liberal.
La autodestrucción de la democracia
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Columna Transversal de Paolo Luers, 12 de mayo 2026 /sitio paololuers.com

¿Cómo explicarse que dictadores llegan al poder en países democráticos y sin golpe de Estado, ganando elecciones? El historiador alemán Heinrich August Winkler, en una reciente entrevista titulada “Sin el Apoyo de las ‘viejas élites´ Hitler no hubiera llegado al Poder”, nos da una respuesta: Los dictadores no llegan al poder por el número de gente radicalizada que los apoyan. Normalmente, este número de militantes convencidos no es suficiente para ganar las elecciones. Llegan al poder gracias al apoyo indirecto de las élites -económicas, militares, académicas y de una gran parte de la clase media alta- que no están comprometidas con la democracia liberal, la atacan y no la defienden. No son ultras, fascistas o comunistas, pero ven en la democracia liberal más sus debilidades que sus ventajas. Ven la polarización que bloquea las decisiones; ven que los procesos de decisión y acción estatales son lentos. No ven la libertad de organización, de prensa y de expresión, ni valoran la validez de derechos civiles.
Basándose en la historia de su propia familia y sus contemporáneos, Winkler (nacido en 1938) llega a la siguiente conclusión: “El entorno burgués con el que me encontré contribuyó a la caída de la República de Weimar - menos por un radicalismo manifiesto que por su resentimiento hacia la democracia. La derecha política consideraba la democracia parlamentaria como la forma de gobierno de las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial y como un «sistema anti alemán». Simpatizaba con las soluciones autoritarias. Sin el apoyo de las « élites viejas», Hitler no habría llegado al poder.”

Esta visión contradice la noción comúnmente aceptada que fueron las hordas de la SA, el movimiento paramilitar de los nazis, y el medio millón de miembros del partido nazi los que llevaron a Hitler al poder en 1933. Hitler ganó sólo el 33% de los votos en las elecciones a finales de 1932. Fueron la burguesía alemana y sus partidos conservadores, pero también el Partido Comunista, que no confiaban en la democracia, en el parlamentarismo y en el pluralismo. No votaron por los nazis, pero sistemáticamente erosionaron la democracia, en vez de hacerla resistente al populismo autoritario. Así abonaron al colapso de la democracia...
Quienes nos oponemos a la nueva dictadura salvadoreña estamos obligados a hacer un análisis crítico y autocrítico. ¿No será que muchos en la postguerra nunca se identificaron con la democracia parlamentaria, con el sistema partidario pluralista - y así, en vez de consolidar la democracia, la erosionaron? Una democracia naciente no se consolida si no hay una ciudadanía que la respalde, le confíe y la defienda. Muchos seguidores, miembros e incluso dirigentes de los dos partidos principales de la postguerra -Arena por la derecha y el Frente por la izquierda- nunca se convirtieron en demócratas en el sentido de entender que la democracia vive del diálogo, de la disposición de concertar, de la tolerancia frente a posiciones de adversarios y del respeto a las minorías.
¿Y los intelectuales, la academia, los periodistas, los empresarios? ¿Cómo usaron su influencia sobre la opinión pública? ¿Los que simpatizaron con la derecha realmente aceptaron a los exguerrilleros como protagonistas dentro de una sociedad pluralista? ¿Los de la izquierda realmente se apartaron de la visión prevalecida durante la guerra que no se podía confiar ni en los militares, ni en la derecha ni en los empresarios, mucho menos verlos como contraparte en un permanente proceso de concertación?

Muchos propagamos que ambos, la derecha y la izquierda, tenían que transformarse en pilares de la democracia y construir acuerdos de nación para enfrentar los grandes desafíos del país (pobreza, educación, empleo). ¿Pero hicimos lo necesario para hacer funcionar, resiliente y atractiva la democracia? No. He vivido de cerca las trabas dentro de los sectores de izquierda democrática, que les impidieron unirse y convertirse en guardianes de la democracia. Y he observado lo mismo en la corriente reformista que existía en la derecha. Trabas de egocentrismo, de falta de tolerancia y paciencia, de incapacidad de poner en práctica la virtud fundamental de la democracia, la concertación.
Todos hemos fallado en la tarea más importante: generar confianza en la democracia, a pesar de sus debilidades y falencias.
Pero esto no significa que la democracia nacida en la postguerra haya sido una farsa. Logró sin mayores sobresaltos la pronta reconstrucción; un moderado crecimiento económico que facilitó una considerable reducción de la pobreza; alternancia en el poder y la desmilitarización de la sociedad y de la política. Aunque no logró extender los consensos generados en la negociación de la paz al tema económica y social, no era tan mala la democracia que logramos construir. Pero esto no lo supimos reconocer, y por tanto, no transmitimos orgullo por la democracia. Y todavía hoy, cuando la hemos perdido, muchos de los que se oponen a la nueva dictadura todavía hablan mal de la democracia de la postguerra y sus instituciones. Hay que hacer autocrítica, pero no caer en la trampa de legitimar el dicho bukelista de “los mismos de siempre”. Hay que identificar los errores que cometimos durante el experimento democrático entre 1992 y 2021, pero no desacreditar las reglas e instituciones democráticas, solo porque no hubo suficientes demócratas convencidos para consolidarlas. En alemán hay una palabra para este deporte: schlechtreden, usar la crítica no para mejorar sino para que todo se vea mal.
La democracia de la postguerra sigue siendo víctima de este deporte nacional. Así no vamos a recuperarla. ¿Para qué recuperar algo que ni los demócratas respetan?
Si ante la incesante embestida propagandística del bukelismo contra lo que llaman del régimen bipartidista de los mismos de siempre nos avergonzamos y optamos por decir que en que no tuvimos una verdadera democracia, legitimamos el cuento populista.
La democracia, aunque nunca es perfecta, sí sirve. Y puede mejorar, si hay suficientes demócratas con suficiente convicción.
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