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Radiografía de una colonia ‘pacificada’. Columna Transversal
Una colonia marginada en el corazón de San Salvador. Antes bajo control de una de las panfdillas. Ahora bajo control de los activistas de Nuevas Ideas y la policía de Bukele. Dos formas de represión..
“¿Como es la vida en la colonia hoy?”, pregunto. Suelta una risa nerviosa: “¿Cómo te imaginás que funciona la vida en una colonia donde se han llevado preso a casi 300 jóvenes?”
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Conozco la colonia bien desde los tiempos cuando fue lo que llamaron ‘territorio pandillero’. Unos empleados de nuestro restaurante La Ventana vivían ahí y me tocó dejarlos a casa luego de los turnos nocturnos, pasada la medianoche. Nunca tuve problemas. Conocí a uno de los líderes comunales, miembro de la Junta Directiva de la colonia. Lo entrevisté sobre cómo funcionaba la convivencia con la pandilla. Nos hicimos amigos. Lo que me cuenta es el patrón común en muchas comunidades: En cada una, los ‘civiles’ concertaron algún modo de convivencia con los pandilleros que ejercieron el poder. Hoy, bajo el régimen de excepción, estos líderes comunales, por haber tratado con la pandilla, mediando entre ella y los vecinos, son acusados de ‘colaboradores’. Su pecado: cuando el Estado dejó abandonadas estas comunidades (abandonadas con todo: seguridad, inversiones, bienestar...), ellos trataron de establecer algún grado de seguridad para los habitantes. Porque nadie más daba un cinco por estas comunidades...
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Al principio del estado de excepción, en 2022, mi amigo fue detenido bajo acusación de haber ‘colaborado’ con la pandilla. Tuvo suerte. Era amigo de un alto funcionario del gobierno. Fue puesto en libertad, a diferencia de 288 habitantes de la colonia, que están esperando su juicio desde sus celdas. Será uno de estos juicios colectivos que ahora aplican a los detenidos bajo el régimen de excepción. En este caso, será un juicio en contra de más de 400 acusados, porque sumaron los de las colonias vecinas que estaban bajo control de la misma pandilla. Mi amigo será un de ellos, porque la fiscalía no ha retirado el caso contra él. “Tengo suerte, por lo menos estoy en libertad y puedo trabajar con mi abogado para preparar mi defensa”, dice. No sé si tiene claro que en estos juicios colectivos no habrá acusaciones concretas contra cada acusado – y tampoco defensa para cada uno. La acusación sumaria será pertenencia a una organización ilegal - y punto.
“¿Como es la vida en la colonia hoy?”, le pregunto. Suelta una risa nerviosa: “¿Cómo te imaginás que funciona la vida en una colonia donde se han llevado preso a casi 300 jóvenes?”
Hago la cuenta: Cada uno tiene hermanos, padres, primos, amigos. Digamos que son 10 personas por cada uno. Significa que en esta colonia viven unos 3 mil personas, un 40% de los habitantes, que tienen razón de temer diariamente por su libertad; que sufren hostigamiento de la policía y del partido oficial; que sienten desconfianza. “La comunidad está envenenada”, me dice. Y me describe la situación: Desconfianza generalizada. Nadie habla de los detenidos. Vecinos que han dejado de hablar entre ellos. Siempre hubo una disputa entre militantes de ARENA y del Frente en la colonia; ahora muchos de los areneros están presos, porque los militantes del Frente, que ahora son de Nuevas Ideas, les pusieron el dedo. Ellos ahora controlan la ADESCO, y los grupos deportivos. Controlan, junto con los policías destacados en el vecindario, la colonia, su vida social, deportiva, política. Nadie se atreve hacerles competencia o criticarlos. Tienen el poder de hacer que la PNC detenga a quienes ellos digan.
Han desaparecido el control de la pandilla y sus abusos, o más bien han sido sustituidos por el control y los abusos de los activistas de Nuevas Ideas y de los policías. “La colonia vive en paz, como todas las comunidades, pero es una paz del silencio, del miedo, de la desconfianza. Es deprimente...”
Bukele dice que con esta paz su gobierno les ha dado la libertad a las comunidades. En esta colonia y otras similares, esto no es cierto. Le pregunto a mi amigo: “¿Me estás diciendo que es igual que antes cuando mandaba la pandilla?”
“Muchos dicen que es mejor ahora, porque ya no hay homicidios. Pero esto es relativo, porque aquí en esta colonia la pandilla tampoco mataba. En cierto modo, ahora es peor: Hoy, o sos de Nuevas Ideas, o fingís serlo o tenés que callarte, pero no puedes ser de oposición. Si abres el pico, te vas al bote.”
Tal vez no sea una evaluación objetiva y muchos en el país no la van a compartir, pero es la sensación de la mitad de la gente de esta colonia, de los que viven bajo permanente sospecha...
“¿Por qué no te vas de la comunidad?”, le pregunto. Otra vez la risa nerviosa: “Yo tengo que reportarme cada 2 semanas para firmar. No puedo así no más cambiar mi domicilio. Tendría que informar adónde me estoy mudando. Y en el nuevo barrio, inmediatamente estaría de nuevo bajo vigilancia y sospecha. Estaría peor, porque los vecinos, como no me conocen, también me tendrían desconfianza. Traté de vivir en otra parte, pero regresé. Aquí estamos todos en la misma situación, calladitos, pero juntos.”
No hay salida. No hay adónde escapar. Ni siquiera a Estados Unidos. “Estamos atrapados”, me dice mi amigo, su voz grave de tristeza – y no sé qué decirle.
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