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¿Qué diablos está pasando con los salvadoreños? Columna Transversal de Paolo Luers
El Salvador es un caso muy especial. Es factor que distancia El Salvador de casi todas las demás dictaduras y autocracias es el sólido apoyo popular al dictador.
¿Qué diablos está pasando con los salvadoreños?
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Columna Transversal de Paolo Luers, / 7 abril 2026 / sitio PAOLO

En el mundo está creciendo el número de los gobiernos autocráticos y las dictaduras. Múltiples estudios documentan esta lamentable tendencia. El respetado instituto sueco V-Dem, que anualmente presenta informes sobre el estado de la democracia en el mundo, resume su informe del 2025 con una frase demoledora: “Casi 3 de cada 4 personas en el mundo -el 72%- viven ahora en autocracias. Es la cifra más alta desde 1978.”
Autocracia es un término muy amplio, en el cual caben tiranías como en Corea del Norte; teocracias como en Irán o Afganistán; dictaduras mafiosas como la de Venezuela, Rusia y Bielorrusia; revoluciones de izquierda devenidas en dictaduras dinásticas como en Cuba y Nicaragua; dictaduras de clanes familiares como Bukele Hnos. SA de CV en El Salvador - pero también gobiernos autoritarios como el de Trump en Estados Unidos, Orban en Hungría, Netanyahu en Israel y Erdogan en Turquía, quienes no han logrado el control total que necesita una dictadura.
A primera vista estos regímenes tienen mucho en común, pero viendo como en cada caso los autócratas están relacionados con su pueblo, hay diferencias abismales. En este contexto, El Salvador es un caso muy especial. Es factor que distancia El Salvador de casi todas las demás dictaduras y autocracias es el sólido apoyo popular al dictador. Pocos dictadores logran que el 70 o 80 porciento de su población lo apoye incondicionalmente luego de 7 años de consolidar el poder total, incluso con altos costos para la gente común.
Regímenes populistas como el de Hugo Chávez en Venezuela, Trump en Estados Unidos o Orban en Hungría llegaron al poder con fuerte apoyo popular. Pero, tarde o temprano perdieron este apoyo, debido a su desgobierno, sus medidas de represión, el aumento de la pobreza y de la corrupción, etc. Hoy Trump, Orban y Erdogan están bajo serio riesgo de perder las elecciones. Son gobiernos autoritarios, con vocación de represión, pero no han logrado destruir o controlar del todo las instituciones constitucionales. Manipulan las elecciones, pero no logran controlarlas cuando una mayoría se opone. Todavía tienen fuerte apoyo popular, pero ya no mayoritario ni incondicional. Si Erdogan logra ganar las próximas elecciones, que no es nada seguro, sólo será porque tiene encarcelado al político más popular del país, el alcalde de Estambul, y a casi toda la cúpula de su partido opositor. En Hungría, Orban va en mayo a una contienda electoral, en la cual la oposición lidera todas las encuestas. Trump enfrenta unas elecciones legislativas de medio tiempo de su mandato donde parece que va a perder el control del Congreso y convertirse en un presidente sin poder, un sitting lame duck, como dicen los gringos. Un blanco fácil.
Dictaduras como la de Irán, Bielorusia, Venezuela, Cuba, Rusia y Nicaragua han perdido el apoyo de sus pueblos. En ninguno de estos países hay más de 20% que apoyan a la dictadura. Se mantienen por sus aparatos todopoderosos de control y represión.
Regresemos a El Salvador. Viendo todos estos ejemplos de dictaduras y autocracias que entran en crisis porque ya no cuentan con apoyo popular, ¿qué diablos nos está pasando en El Salvador? La pregunta que tenemos que hacernos no es solamente: ¿Qué cualidades de liderazgo y comunicación tiene el mago Nayib Bukele para tener este poder sobre la mente de la gente?, sino más bien: ¿Qué diablos está mal con los salvadoreños de no solo aguantar sino apoyar nuevamente una dictadura?
Porque es innegable que Nayib Bukele sigue gozando de un apoyo mayoritario sólido e incondicional. No serán los 90% que reclama la maquinaria propagandística, basándose en encuestas que o son compradas o no han desarrollado metodologías capaces de medir de manera confiable la opinión pública en un país en el cual nadie habla libremente. Pero seríamos ingenuos si no reconocemos que Bukele goza del apoyo popular sólido de un 70% de la población.
Hemos dicho, con razón, que cuando se lee los detalles en las encuestas, uno se da cuenta que la gente expresa insatisfacción e incluso oposición con el estado de las cosas. Se quejan del costo de la vida, del lamentable estado del sistema de salud, incluso de las detenciones arbitrarias y masivas bajo el estado de excepción. Pero esto nos lleva a un escenario aún más incomprensible: Sabiendo todo lo que la dictadura hace mal, sabiendo que hay represión, sabiendo que hay una corrupción sistemática, sabiendo que la familia del dictador se está enriqueciendo en proporciones sin antecedente, sabiendo que la economía va mal, sabiendo que el país nunca ha recibido menos inversión internacional como ahora bajo Bukele, sabiendo que Bukele ha pactado con las pandillas – sabiendo todo esto, la mayoría de la gente lo apoya, lo ve como “el salvador de la patria”, el que ha traído paz y seguridad y devuelto al pueblo el orgullo de su país...
Es así, no nos demos paja. Esto distingue la dictadura salvadoreña de todas las demás autocracias en el mundo. Muchos pueden decir: es por las permanentes campañas de desinformación. Bueno, existen estas campañas, pero es paja que la gente no sepa que está pasando en su país. Lo saben, de algunas cosas incluso se quejan, pero adoran al presidente que ven como hombre fuerte que manda con firmeza y ha removido todos los obstáculos que la democracia pone a la gobernabilidad.
Las campañas de desinformación sistemática no tienen como resultado que la gente desconozca lo que está pasando en el país, incluyendo la corrupción y la represión. El resultado es precisamente el que describió la filósofa alemana Hannah Arendt luego de la Segunda Guerra Mundial en su teoría sobre el totalitarismo: "Si todo el mundo siempre te miente, la consecuencia no es que creas las mentiras, sino que ya nadie cree en nada. [...] Y un pueblo que ya no puede creer en nada no puede tomar una decisión. Está privado no solo de su capacidad de actuar, sino también de su capacidad de pensar y juzgar. Y con tal pueblo puedes hacer lo que quieras".
De esta manera, la mayoría de los salvadoreños se volvió inmune a las revelaciones que hacemos los periodistas sobre las violaciones a los derechos humanos, sobre la total falta de transparencia, sobre la corrupción, sobre el control que el gobierno ejerce sobre la justicia. La gente sabe todo esto, sabe que el gobierno le está mintiendo, pero a la mayoría le vale.
Es muy general la pregunta ¿Qué diablos está mal con los salvadoreños? Hay que hacerla de manera más detallada: ¿Qué diablos está mal con los militares (empresarios, sindicatos, académicos, estudiantes...)?
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