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La rana inflada. De Advocatus
Un columnista invitado, abogado y exfuncionario salvadoreño, hace un retrato de la poersona que en El Salvador ha concentrado todo el poder en sus manos. Por razones +obvias, prefiere el anonimato.

La rana inflada
De Advocatus* / 21 abril 2026 / sitioPAOLO
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En la naturaleza hay una especie de rana que se infla para aparentar fuerza, firmeza y valor, pero ni a sapo llega. En eso del juego de las apariencias, sobre todo cuando se trata del ejercicio del poder, para salvaguarda del común, amerita ser observador y juicioso. Allá hacia donde se apunta con bombo y platillo la fortaleza, es donde justamente se encuentra la debilidad. Allá donde se enfatiza la vestimenta, es porque se necesita esconder la desnudez. La mentira como el desdén, la malversación de la cosa pública, los abusos y todos los vicios que corrompen la política de los pueblos, requieren de máscaras. Adoptan como política pública el mimetismo, el arte de fabricar lo opuesto, la construcción de una identidad invertida, suplantando la verdad cruda con propaganda pura. Muchos ciudadanos, más que por estupidez ven al líder al revés, ven la biografía de una mentira; el retrato de una impostura construida. Por ello no perciben el riesgo para su libertad y su gozo, ni contemplan el oprobio para su pueblo.
Precisa entonces, excavar la esencia, revisar lo que no está a la vista, desde su raíz, con objetividad y agudeza. Dentro de la capacidad de elegir, de escoger, es antes fundamental y menester conocer, saber, para que no sea el retrato y la ficción lo que gobierne las decisiones, sino la identidad auténtica.
En todo conglomerado, cultura, época y región se encuentran caracteres de bondad, corrección y nobleza; como también, lo contrario.
Entre los árabes, para el caso, y particularmente de la región centroamericana, incluido El Salvador, se hablaba coloquialmente de “árabes blancos” y “árabes negros”, que en nada tendría que ver con el color de la piel, sino que dadas las fuertes redes comerciales que desarrollaron y en las que la reputación era crucial, surgieron etiquetas informales para distinguir entre comerciantes confiables y no confiables.
Actualmente dichas expresiones obviamente cayeron en desuso por cualquier efecto estigmatizante, sin perjuicio de que ahí se encuentra la raíz de quienes fueron y son, de quienes crecieron y han contribuido al crecimiento de sus pueblos con trabajo y la frente al sol; y de quienes fueron y son, los del callejón. En lo que respecta a El Salvador, sobre los caracteres y esencia de su actual gobernante, cada quien puede sacar su propia conclusión.
Precisa conocer a plenitud sobre las personas que gobiernan nuestros países. “Ser de moralidad e instrucción notorias”, dice la otrora Constitución de El Salvador; “estar en el ejercicio de los derechos de ciudadano”, dice ese mismo texto. Bukele ya no es presidente constitucional, desde el momento en que se reeligió. Cometió delito constitucional y violó una cláusula fundacional de la República. Utilizó el poder y los recursos estatales para ello. Privó al país de las condiciones para poder competir en elecciones libres y justas, descabezando a la oposición con intimidación, cárcel o exilio. Cooptó, sin excepción, todas las instituciones y hasta “partidos políticos de oposición”. Privó a la sociedad civil de la capacidad de organización, y hasta a las iglesias de su movilidad social, a través de leyes restrictivas de las donaciones y uso de dichos recursos. Utiliza sin control los recursos del Estado para su beneficio personal, familiar y de su organización partidaria. Y lo más delicado, tiene responsabilidad, hoy ya documentada, en delitos de lesa humanidad, que incluyen muertes bajo la custodia del Estado, torturas, desapariciones forzadas, masivas detenciones arbitrarias y persecución política selectiva instrumentalizando la justicia.
Evidentemente, con estos antecedentes, Bukele no tiene la exigida “moralidad notoria” para el ejercicio de la presidencia de la República, y aun así busca su reelección indefinida. Adolece claramente de lo contrario: inmoralidad notoria. La “instrucción notoria”, también exigida por la Constitución, tampoco la tiene. No haber culminado ni la quinta parte de una carrera universitaria, sin justificación, teniendo las facilidades, más bien convierte a la persona en un vago. Y un vago confirmado, pues su único emprendimiento personal, con dinero además regalado y no sudado, fue una discoteca de objetable reputación que hubo de cerrar.
Y en cuanto a encontrarse en el ejercicio de los derechos de ciudadano, ya los perdió, porque así lo dicta expresamente la Constitución en su artículo 75, desde el momento en que el mismo ha promovido su reelección, más allá de lo que digan sus espurios cómplices magistrados. No es un ser moral, tampoco instruido; no es un empresario, ni siquiera es un ciudadano. A las cabales, presidente no es. ¿Qué es entonces? Califíquelo usted.
¿Cómo se vende? Como él quisiera verse en el espejo. ¿Cómo es realmente? Cada quien tómese su tiempo para analizarlo. Es un deber y responsabilidad ciudadana! Las decisiones de esa persona podrían estar produciendo un daño colectivo moral, social, económico y financiero de proporciones épicas, aún no manifiestas, pero que estarán afectando a las futuras generaciones que no habrán tenido la posibilidad de prevenir y objetar. Somos nosotros, quienes aquí estamos, quienes tenemos la responsabilidad de velar por el futuro y por quienes aún no están.
La que es rana, rana se queda.
* Bajo el nombre Advocatus escribirá en este sitio un destacado abogado y exfuncionario. Como está viviendo y trabajando en El Salvador, no puede exponerse a represalias del gobierno. Sin embargo, tampoco quiere seguir manteniendo silencio sobre lo que está pasando con nuestro país. Necesitamos que este tipo de personas toman la palabra. Acepto esta aportación anónima, porque sé a qué tipo de persecuciones se expondrá. Aceptaré el mismo arreglo con otros que quieren contribuir opiniones o información, siempre que sepa quién está detrás del seudónimo y conozca su trayectoria. (Paolo Luers)
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