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¿Y si Héctor Silva hubiera sido candidato presidencial en 1999? COLUMNA TRANSVERSAL
¿Cómo pudimos perder contra un mamarracho como Nayib Bukele la democracia en El Salvador? Por momentos históricos que no se aprovecharon: por ejemplo, las elecciones 1999.
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¿Y si Héctor Silva hubiera sido candidato presidencial en 1999?
Columna Transversal de Paolo Luers, 17 marzo 2026

Siempre cuando estoy quebrándome la cabeza para entender cómo diablos pudimos perder contra un mamarracho como Nayib Bukele la democracia en El Salvador, que tanto nos costó conquistar, me topo con esta interrogante: ¿Y si Héctor Silva hubiera sido candidato presidencial en 1999?
A principio de 1998, la figura de este médico con trayectoria socialcristiana, alcalde capitalino elegido por una coalición entre el FMLN, Convergencia Democrática y un movimiento ciudadano de centroizquierda, se perfilaba como el candidato presidencial que la izquierda necesitaba para ganar la presidencia. En el FMLN, a esta altura dirigido por el ‘renovador’ Facundo Guardado, Silva parecía ser el candidato lógico, por su imagen de líder concertador, moderado y sensato. Al fin había alguien que podría ir a la conquista de los votos en el centro de la sociedad. Al fin la izquierda podía concluir el ciclo de insurgencia, paz negociada y oposición electoral, llegar al poder y llevar a un feliz término la transición democrática del país.
Sin embargo, este potencial de Silva lo convirtió precisamente en el candidato que el ala ortodoxa, dirigido por Schafik Handal, quería evitar – aun con el riesgo de perder la oportunidad de ganar la presidencia contra una ARENA ya desgastada.
Facundo y los reformistas dentro del FMLN construyeron una mayoría dentro del partido que respaldaba a Silva. Pero en una convención del partido, el ala ortodoxa nombró a otra precandidata y organizó barras radicales y violentas para interrumpir el evento y boicotear el nombramiento de Silva. Éste, que venía de otra cultura de debate, en vez de movilizar a la mayoría que lo respaldaba, se retiró. Un error con fatales consecuencias. Al final, en esta convención no se eligió a nadie.
Lo que había convertido a Silva en el candidato idóneo, a la vez hizo imposible que la ortodoxia lo aceptara: Héctor era el candidato presidencial que hubiera podido sacar a la izquierda de la ortodoxia y transformarla en un partido plural con democracia interna y capacidad de concertar con las otras fuerzas políticas. Precisamente lo que la ortodoxia quería evitar. Schafik me lo confirmó en una larga plática, años después: “Preferí perder la elección presidencial a que llevar al poder a alguien que transformaría al Frente en un partido socialdemócrata.”
El resto es historia: Los ortodoxos tampoco pudieron imponer a un candidato suyo. Pero lograron que el Frente al fin se presentara con un candidato reformista, Facundo Guardado, que no podía ganar. Ganó ARENA con Francisco Flores.
Regresemos a la interrogante inicial: ¿Qué hubiera pasado si Héctor Silva hubiera ganado la candidatura del Frente en 1998?
No es descartable la posibilidad que en 1999 un representante de la izquierda racional y concertadora como Silva hubiera podido ganar la presidencia. Y desde su gobierno, Silva hubiera de hecho, así como lo temía Schafik, unido a toda la izquierda y la hubiera transformado en el movimiento de izquierda democrática que la postguerra salvadoreña necesitaba para consolidarse. El hecho que esta transformación fracasó, no solo en el 1999, sino en las siguientes dos décadas, constituye un serio fracaso, no solo para la izquierda, sino para el país. Y este fracaso llevó a la prolongación y al posterior desgaste de la polarización estéril entre dos fuerzas incapaces de reformarse, de democratizarse y de construir un proyecto de país de carácter democrático y plural. Porque paralelamente al fracaso de los renovadores de la izquierda, también fracasaron las fuerzas reformistas en la derecha salvadoreña, dominada por ARENA.
El resultado: luego de Paco Flores, quien cometió el error de llevar a la cúpula empresarial a la dirección de ARENA él famoso COENA SA DE CV- , llegó al poder con Tony Saca el ala más podrida, populista, corrupta y reaccionaria de la derecha. Las consecuencias todos las conocemos. Y luego, cuando el desgaste de ARENA al fin abrió la puerta a que la izquierda accediera al poder, llegó Mauricio Funes, quien ganó navegando una ola de esperanza de transformación democrática. Pero el hecho que los dos gobiernos de izquierda defraudaron de manera tan desastrosa las esperanzas despertadas, definitivamente hizo el país y su sistema político vulnerable ante el surgimiento de un populismo autoritario con un líder que predicaba la antipolítica. Llegó Bukele y pudo botar los cimentos institucionales de la democracia, porque luego de Saca y Funes ya no tenían la credibilidad necesaria en la sociedad.
Si con Héctor Silva hubiera ganado en 1999 la izquierda en pleno proceso de reformación democrática, no hubieran llegado al poder después ni Tony Saca ni Mauricio Funes. El 1999, luego de dos presidencias de posguerra, ambas de la derecha, era el momento de las reformas que el país necesitaba. Reformas en el campo económico, social, institucional y seguridad. Reformas concertadas y apoyadas por un amplio consenso social. Postergar este proceso de reforma integral nos llevó al colapso del sistema democrático que ahora vivimos.
Si queremos salir de este hoyo, primero necesitamos hacer una revisión profunda, crítica -y sobre todo autocrítica- sobre el fracaso de las múltiples iniciativas de reformar a la derecha y a la izquierda y de convertir sus partidos en motores de una democracia basada en la concertación. Como alguien involucrado en estos esfuerzos, desde adentro en el caso de la izquierda y desde la periferia en el caso de la derecha, estoy convencido de que todos tenemos que asumir la responsabilidad.
El populismo autoritario, que ahora nos llevó a una dictadura, no cayó del cielo. Entre todos le generamos el terreno fértil: la izquierda y la derecha, los empresarios y los sindicatos, los académicos y los comunicadores. Los Acuerdos de Paz nos dieron los instrumentos de la democracia. No los supimos usar para construir una sociedad plural resistente al autoritarismo.
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