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Mi Padre era Nazi. De Paolo Luers
En Alemania abrieron una página WEB, en la cual se puede ver si las fichas de membresía al partido nazi de Hitler. Se me confirmó lo que he sospechado toda la vida...
Mi padre era nazi
Columna Transversal de Paolo Luers / 27 de mayo de 2026 / SitioPaollo

El otro día entré vía internet a un formulario, puse el nombre de mi padre y un minuto después estuve mirando su ficha de membresía al partido nazi. Se me confirmó lo que sospechaba toda mi vida. Entró al partido el 1 de mayo de 1933. Hitler había tomado el poder tres meses antes, el 30 de enero de 1933.
Su número de afiliación: 185463. O sea, cuando se unió al partido gobernante, este solamente tenía 185462 miembros, de unos 8.5 millones que tuvo en 1945.
Millones de alemanes habrán hecho uso del recién abierto sitio web que permite a cualquiera averiguar si su padre, su abuelo o sus tíos fueron miembros del partido nazi. Antes, durante todos los años de la posguerra, averiguar esto fue un viaje complicado, tardado y a veces sin resultado. Hoy, a 81 años de la derrota del Tercer Reich de Hitler, nos toma dos minutos. Todos los 8.5 millones de miembros del partido nazi están muertos. La mayoría de los alemanes, si usan este banco de datos, lo harán para saber algo sobre sus abuelos o bisabuelos. Se trata de un pasado más distante.
Okay, ahora tengo la confirmación de mi sospecha: papá era un nazi. En el fondo lo sabía desde mi juventud, cuando era un tema tabú que no se tocaba en la familia. Pero, ¿qué es lo que sé ahora? Solo un par de cosas. Ahora sé que mi padre era miembro del partido, pero aún no sé, y tal vez no sabré jamás, qué porción de culpa tuvo él en los crímenes de la dictadura nazi. De la fecha de afiliación puedo deducir que no fue de la relativamente pequeña minoría —tal vez unos 150 mil— que acompañaron a Hitler en su camino al poder, en las largas batallas de los nazis para destruir la República de Weimar. Pero ojo, de esto tampoco puedo concluir que no haya sido cómplice de la destrucción de la democracia parlamentaria. Para esto no se necesitaba ser miembro del partido: 13.7 millones de alemanes votaron por Hitler en diciembre de 1932, el 37.27 % de los votos. Pocos de ellos eran miembros del partido a esa altura.
Entrar al partido a solo tres meses de la llegada al poder de Hitler se puede interpretar de diferentes maneras. Todavía la dictadura no estaba tan consolidada como para que todo el mundo se sintiera obligado a afiliarse por miedo a represalias. Pero estaba suficientemente consolidada para que los oportunistas, los que estaban dispuestos a hacerse cómplices para avanzar sus carreras profesionales, sobre todo en el servicio público, corrieran para afiliarse.

Por otra parte, hay que tomar en cuenta que en mayo de 1933 todavía no se podía ver con claridad hasta qué extremos iban a llegar los nazis con su abierto antisemitismo y militarismo. Ya había pasado, a finales de febrero de 1933, el incendio del Reichstag, el parlamento, que Hitler usó para que un mes más tarde la mayoría parlamentaria le concediera la “Ley Habilitante”, la cual le otorgó, de manera permanente, el poder de legislar por decreto. En mayo de 1933, cuando mi padre se afilió al partido, era claro que el país estaba bajo una dictadura, pero todavía no existían los campos de exterminio ni se ejecutaba la deportación masiva de los judíos. Arrestaron a los comunistas y socialdemócratas. Y nadie podía decir que no lo sabía.
Entonces, el hecho de que mi padre se afiliara en mayo de 1933, como el militante número 185463, tal vez no lo hace un nazi fanático, pero por lo menos lo ubica en el montón de oportunistas que cualquier dictadura necesita para consolidarse.
La gran mayoría de alemanes que ahora usan el banco de datos abierto para saber si sus abuelos eran miembros del partido no tienen acceso a información adicional que ponga este hecho en contexto. Ya no hay nadie a quien preguntar. Algunos pocos tal vez tendrán acceso a cartas o diarios de sus padres o abuelos y podrán encontrar ahí información sobre la membresía en la SA o en el ejército y sobre sus actuaciones durante la guerra.
Yo tengo esta suerte. Y buscando en estos documentos que un hermano mayor recopiló luego de la muerte de mis padres, me di cuenta de que la historia que me contó mi padre, cuando al fin tuve el valor de preguntarle y exigirle respuestas, no era la verdad completa. Pero me tardé décadas para abrir estos documentos. ¿Por qué? ¿Fui uno más que no quería saber?
Cuando ya estaba en la universidad en Berlín, mi madre me llamó para decirme que mi padre estaba mal y que mejor llegara para verlo. Me fui, por supuesto. Lo vi en el hospital donde estaba luego de una serie de infartos. Viéndolo en un estado tan débil e indefenso, me costó mucho enfrentarlo con la pregunta que jamás nadie de la familia le había hecho: “¿Cuál fue tu rol durante la dictadura y en la guerra? ¿Fuiste parte de los crímenes nazis? ¿Fuiste un nazi?”.
Me miró a los ojos y dijo: “Ya era tiempo que alguien de ustedes me hiciera estas preguntas...”. Y comenzó a contarme.
Cuando los alemanes ocuparon Polonia en 1939, este país fue dividido en tres partes: la parte occidental fue anexada por Hitler al Reich alemán; la parte central se convirtió en un protectorado alemán; la parte oriental fue ocupada por la Unión Soviética, que negoció un pacto de no agresión con Hitler un mes antes del ataque alemán contra Polonia.
Mi padre era arquitecto y al principio de la guerra fue un alto funcionario municipal, el director general de urbanismo, en la ciudad de Jena. En 1941 fue trasladado para ejercer la misma función en la ciudad de Posen, parte de los territorios polacos anexados. Era una ciudad que en el trayecto de siglos había pasado tiempos bajo dominio polaco, ruso o alemán. Su población era una mezcla de polacos, judíos y alemanes.
Como jefe de urbanismo y construcción de esta ciudad, que Hitler ordenó convertir en una ciudad alemana y además fortificarla para prevenir una futura guerra con la Unión Soviética, se le hizo difícil no ensuciarse las manos. Así me lo explicó mi padre aquella tarde en el hospital. Para acelerar las megaobras civiles y militares el partido ordenó usar miles de trabajadores forzados, la mayorá prisioneres de guerra polacos - e incluso reclusos de los campos de concentración. La SS iba a supervisar las obras...
En esta situación, me explicó, tomó la decisión de buscar la única salida que le pareció viable y honorable: pedir su ingreso al ejército. Para él, era imposible cumplir las órdenes del partido y de la SS sin ensuciarse las manos con sangre. Y no cumplirlas hubiera atraído graves consecuencias para él y su familia, sus siete hijos. Renunciar a su cargo o pedir traslado no era una opción en la dictadura, me dijo. Hubiera sido el fin de su carrera profesional. La salida “honorable” para él era pedir su reactivación como oficial del ejército. Mi padre había participado en la Primera Guerra Mundial, saliendo de ella como teniente. Ahora ya tenía 53 años de edad y ya no era elegible para el servicio militar activo. Se comunicó con un viejo camarada de la Primera Guerra Mundial, que había llegado a ser uno de los comandantes principales de la Organización Todt —la división de ingenieros militares—, y le pidió que solicitara con urgencia la incorporación a esta unidad. De esta manera, llegó a comandar una unidad de pioneros destacada en el norte de Finlandia y encargada de abrir calles y líneas de tren para poder mover tropas para la invasión a Rusia.
Le dije: “¡Esto es absurdo!, hacerse voluntariamente militar en una guerra de agresión. ¿Qué salida ‘honorable’ es esta?”.
“La única que vi. Por lo menos no tenía que matar a nadie con trabajo forzoso”.
Hasta ahí llegamos. Poco después murió.
Aunque nunca me convenció del todo esta “salida honorable”, me ayudó durante décadas a tener la memoria de mi padre sin tener que enfrentarme a crímenes de guerra en su récord. Enfrentar a la generación de nuestros padres fue el elemento fundacional de la llamada “generación del 68”, marcada por la rebelión estudiantil y el movimiento antiautoritario. Hablamos de los pecados nazis todo el tiempo, en la universidad, en los cafés y bares, en las manifestaciones. Pero no en nuestras familias.
Muchos años después tuve que enfrentar la verdad, cuando al fin leí otra historia muy distinta en los diarios de mi padre y en las cartas que mandó desde Finlandia a mi madre. Mi padre no sólo se afilió en 1933 al partido nazi, sino también a la SA, su brazo paramilitar. En el diario de mi madre hay una narración de cómo un día mi padre apareció en la casa, con todo orgullo, en el uniforme pardo de la SA y como hizo a toda la familia celebrarlo.
En cartas que mi padre mandó del frente, escritas a pocos meses de la capitulación incondicional del ejército alemán, todavía confesaba su fe en la victoria militar. Y en su diario anotó, a finales de 1944, que resolvió "con firmeza" los "problemas de indisciplina" de los prisioneros de guerra empleados en sus proyectos de calles en la zona polar. No precisó cómo resolvió estos problemas. Estas cosas no se plasman, ni siquiera en un diario íntimo...
En su propio diario, mi madre describe que a finales de 1944 mi padre apareció en Posen para planificar la evacuación de la familia hacia Berlín y luego hacia Austria. Entonces, ya el Ejército Rojo estaba ante las puertas de la ciudad. Casi todos los alemanes ya se habían ido, mientras que mi madre todavía estaba esperando que naciera yo, antes de emprender el complicado viaje en situación de guerra.
Ella le pidió a mi padre que no regresara al frente, y describe que él le dijo que "jamás iba a traicionar al Führer", y que dudar de él era traición. Incluso un viejo amigo de él, un alto funcionario del partido, le dijo que no se fuera, que ya no tenía sentido. “Nunca me imaginé que mi camarada podía ser un traidor a la patria...”, anotó mi padre en su diario. Y se fue, solo para garantizar que su unidad luchara hasta el último día. Esto se llama fanatismo. Un fanatismo que sólo podía tener alguien convencido de la ideología nazi. Mi padre...
Si hubiera sabido todo esto antes, cuando nuestra generación exigió explicaciones y se rebeló contra la presencia de los exnazis —que de repente se habían convertido en demócratas— en las escuelas, en las universidades, en los ministerios, en las cortes y en las salas de dirección de las empresas, ¿qué diferencia hubiera hecho? No sé. Tal vez hubiera sido más radical o tal vez hubiera sido más comprensivo en este enfrentamiento entre generaciones.
¿Cómo cambia todo esto la memoria de mi padre? Muy poco. Sigue siendo el mismo. Un poco distante, bastante autoritario, pero un buen padre. Un buen profesional: Luego de la guerra se dedicó a la construcción de miles de viviendas sociales para los desplazados por la guerra y los trabajadores con poco ingreso. Lo hizo bien. Era un ciudadano querido y respetado. Esto es lo que asusta tanto: Los que eran cómplices de una cruel dictadura luego volvieron a ser gente común y corriente, buenos vecinos, buenos padres, buenos servidores públicos.
Hoy veo en mi otra patria, El Salvador, a funcionarios, diputados y empresarios haciéndose cómplices de una dictadura, algunos por convicción, la mayoría por oportunismo. ¿Qué van a responderles a sus nietos cuando les pregunten: “Abuelo, ¿qué hiciste tú durante la dictadura de Bukele?”
La versión en alemán de esta columna la pueden ver en este LINK
Die deutsche Fassung dieses Artikels in disem LINK
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