
Por qué queremos que se prohíba la extrema derecha neo nazi
De Cem Özdemir y Boris Pistorius / 28 de agosto de 2026 /FAZ
Hemos decidido republicar en este sitio un llamado, traducido al español, que publicaron dos políticos alemanes de alta popularidad, pero de distintos partidos. Exigen iniciar el procedimiento constitucional de prohibición del sector de extrema derecha en el partido derechista AfD, que amenaza por primera vez con ganar elecciones regionales y formar gobiernos en dos de los estados de Alemania Oriental.
Cem Özdemir es un dirigente del partido Los Verdes y actualmente es el Ministerpräsident, es decir el jefe de gobierno, del estado de Baden-Wurtemberg. Es el primer alemán descendiente de una familia migrante de Turquía que alcanza este tipo de posición. Boris Pistorius es socialdemócrata y ministro de Defensa en el gobierno federal de Alemania. Es el primer ministro de Defensa que encabeza la lista de los políticos más populares. Los dos tienen peso político, pero este se multiplica al haberse unido dos figuras de dos partidos diferentes para hacer una propuesta que muchos saben que es necesaria, pero que nadie quiso hacer.
Publico este manifiesta porque tienen relevancia más allá de las fronteras alemanas. En Francia, el partido de ultraderecha Rassemblement National, anteriormente Frente National, está al punto de ganar la presidencia, si los partidos de vocación democrática no se unen en el último momento. En América Latina y Estados Unidos, movimientos de extrema derecha están desplazando a los tradicionales partidos de derecha de vocación liberal o conservadora. En varios países llegado al poder sin que la democracia liberal haya tenido la capacidad de detener experimentos radicales que no se sienten compromisos con la democracia liberal. En El Salvador, el movimiento Nuevas Ideas encabezado por Nayib Bukele comenzó su deriva autoritaria con la toma de control de la Sala de lo Constitucional, que fue la última institución que podía proteger la Constitución y el Estado de Derecho.
Lo que estos dos políticos alemanes exigen es que la democracia use todos los instrumentos para evitar que un partido con tendencias neonazi llegue al poder para desmontar la democracia liberal. Su tesis: la democracia hay que defenderla. Tiene que hacerse de instrumentos efectivos para defenderse. (Paolo Luers)
¿Cómo hubiera transcurrido la historia del Siglo XX si Hitler y su partido nacionalsocialista no hubieran llegado al poder en el año 1933? ¿Qué hubiera pasado si en el año 1930 se hubiera escuchado a un grupo de funcionarios de Prusia alrededor del jurista Robert Kempner, quienes no sólo documentaron que los nazis tenían el propósito de destruir la República de Weimar, sino también exigieron que se prohibiera este partido? ¿Qué hubiera pasado si el gobierno alemán presidido por Heinrich Brüning no se hubiera negado a iniciar este procedimiento, con el argumento de que "todavía no se podía tener una posición definitiva frente al partido nazi"? No sabemos si entonces el mundo se hubiera salvado de la dictadura, de la guerra y del holocausto. Lo que sí sabemos es que había que hacer el intento.
Hoy la democracia enfrenta nuevamente el peligro de una extrema derecha, por parte de la AfD (Alternativa para Alemania), que tenemos que ver como un partido de extrema derecha y que en algunos de los estados de la República Federal ha sido clasificado como tal por el Verfassungsschutz (la Oficina para la Protección de la Constitución). Pero muchos dicen que "la AfD no es la NSDAP". Esto puede ser así, pero no toma en cuenta una comparación mucho más adecuada: En 2017, el Tribunal Constitucional Federal clasificó a la NPD (Partido Nacionaldemócrata de Alemania) explícitamente como un "partido contrario al orden constitucional", "afín en su esencia" (wesensverwandt) con el nacionalsocialismo, que irrespeta la dignidad humana. El Tribunal no prohibió a este partido por una sola razón: era demasiado marginal para poder realizar sus fines anticonstitucionales. Hay que leer esta sentencia nuevamente. Describe una "völkische Ideologie" (una ideología de ultranacionalismo alemán (atribuido principalmente a finales del siglo XIX y la época nazi), que define la identidad de un pueblo no por su cultura o ciudadanía, sino por su origen étnico y biológico ('sangre y tierra'). Se caracteriza por el racismo, el antisemitismo y el rechazo a la modernidad). Esta ideología hoy se refleja fielmente en el ala radical del partido, encabezado por Björn Höcke, su líder en Turingia. Pero ahora esta derecha representada por la AfD no es nada débil ni irrelevante. El mismo argumento que salvó a la NPD en 2017, hoy es un fuerte argumento para solicitar al Tribunal Constitucional Federal que declare inconstitucional a este partido.
¿Alemán-nacional o völkisch?
¿Pero esto es válido para todo el partido AfD? No. En el estado alemán de Renania del Norte-Westfalia existe un fuerte enfrentamiento entre la tendencia völkisch y la tendencia del nacionalismo alemán dentro del partido.
El nacionalismo alemán en la AfD significa: salir de la Unión Europea, salir del Euro, salir de la OTAN, acercamiento con la Rusia de Putin. Una política muy peligrosa, que no sólo significaría profundos daños económicos para Alemania sino también pondría en peligro la seguridad interna y externa de Alemania. La mayoría de las posiciones de la AfD en las políticas exteriores, económicas, climáticas, culturales y sociales son rechazadas por la mayoría de los alemanes.
Quien, como lo hace la AfD, niega el cambio climático causado por el hombre, promueve políticas que consideramos populistas, peligrosas y opuestas a la ciencia. Sin embargo, esto no significa que el partido sea inconstitucional. Se trata de diferencias que se diriman en los parlamentos y en el debate dentro de la sociedad civil – y al fin decidirán los votantes.
Sin embargo, otra cosa son las posiciones del ala radical y völkisch de la AfD. Ahí se cuestionan claramente los postulados fundamentales de la Constitución y los bienes jurídicos que protege - sobre todo en su artículo 1, que garantiza y coloca bajo "protección de eternidad" (Ewigkeitsschutz) la dignidad intangible de cada persona.
En la visión del ala völkisch de la AfD, esta dignidad depende de su procedencia étnica y su orientación cultural. Divide nuestra sociedad en "nosotros" y "otros". Nosotros, esto somos el verdadero Volk (pueblo), los verdaderos alemanes, de sangre alemana, el árbol genealógico correcto y las convicciones alemanas. Los otros son todos los que tienen otro color de piel, otra procedencia, otra religión y otra forma de vivir y de pensar. Para ellos no hay espacio en una Alemania culturalmente homogénea. A ellos hay que expulsarlos de Alemania. Serán objeto de la "remigración".
Altas barreras para la prohibición de un partido
El ala radical-völkisch de la AfD no está interesada en una convivencia armónica. Se trata de revocar la nacionalidad alemana a personas que consideran asociales, como partes de la AfD en Turingia exigen. ¿Pero qué significa asocial? ¿Es suficiente que un hombre ame a un hombre? ¿Es suficiente cuando el color de piel es demasiado oscuro? Están hablando de expatriar a ciudadanos que han nacido en Alemania y tienen aquí sus raíces. Esta ideología etnocéntrica es un ataque a la dignidad de la persona y a nuestro orden fundamental democrático y libre – y es de por sí suficiente para considerar la prohibición de este partido. Además surgen preguntas graves de la seguridad nacional. La cercanía de la AfD con Rusia la consideramos un riesgo de seguridad nacional.
Estamos conscientes que no son los partidos, parlamentos o gobiernos los que deciden sobre la prohibición de un partido. Lo decide exclusivamente nuestra máxima instancia jurídica, el Tribunal Constitucional Federal.
Es por buenas razones que las barreras legales para prohibir un partido son altas. Tiene que comprobarse que las intenciones y el comportamiento de los militantes de un partido tienen el propósito de alterar o eliminar el orden fundamental democrático y libre. La esencia de este orden está definida en los artículos 1 y 20 del Grundgesetz: la inviolabilidad de la dignidad humana, el orden democrático y el estado de derecho que rigen nuestro país. "La dignidad del hombre es inviolable" – esta frase es el corazón de nuestra Constitución y es válida para cada persona.
Quien relativiza la indivisible dignidad humana, quien la condiciona a criterios étnicos y culturales, quien distingue entre "alemanes de sangre" y "alemanes de pasaporte", se sitúa fuera de nuestra Constitución. Nuestra democracia es una comunidad de derecho - y ante la ley, todos somos iguales.
Combatir políticamente a los alemanes-nacionales...
Los partidos democráticos tienen que cuestionarse autocríticamente. Muchos políticos -incluyendo nosotros mismos- no hemos visto a tiempo las deficiencias e injusticias. O no quisimos verlas. Ante la creciente insatisfacción de la población hemos muchas veces reaccionado con la promesa de explicar mejor nuestras propuestas y prácticas políticas. Esta retórica ha fracasado.
Los económicamente más acomodados a veces cierran sus ojos ante la manera cómo la vida cotidiana se ha desmejorado para los menos privilegiados. Las exigencias y cargas, con las cuales la transformación económica confronta a la gente y el miedo al descenso social afectan mucho más a quienes trabajan en la industria que a los profesionales académicos. El sector de la educación se encuentra bajo presión: crecientes problemas en las escuelas y universidades ya no pueden ser ignorados. Podemos también mencionar las diferencias entre ciudad y campo, la transformación digital, la movilidad y el sentimiento individual de seguridad.
No todos los votantes de la AfD profesan la ideología de derecha radical. Al contrario. Mientras una minoría de estos votantes tiene una ideología cerrada de extrema derecha, muchos otros votan por este partido por frustración, por miedo o por decepción. Sin embargo, la narrativa del voto de protesta ya no describe el fenómeno. La evidente radicalización de la AfD ya no permite la disculpa de que muchos no saben a quiénes están dando su voto. Los decepcionados y frustrados, en su mayoría, no dudan de nuestro orden constitucional, y por tanto no ven en la AfD un peligro para la democracia. A ellos tenemos que decirles: grandes partes de la AfD no son solamente alemanas-nacionales, sino son etnocentristas, son völkisch. No buscan una mejor democracia, buscan destruirla.
… y prohibir la AfD völkisch
Con la parte völkisch de la AfD se necesita actuar diferente. Es gente que desprecia la democracia. La ideología völkischno la podemos enfrentar en el diálogo político normal. Seríamos ingenuos. Porque la AfD va a seguir tratando de encubrir el núcleo extremista de su partido. Van a seguir relativizando las posiciones de los dirigentes extremistas. Pero hay suficientes pruebas del carácter extremista del ala alrededor de Björn Höcke. Su ideología y sus actuaciones no son compatibles con nuestra Constitución.
Para evitar la destrucción de nuestro orden libre y democrático, los creadores de nuestra Ley Fundamental establecieron la posibilidad de prohibir partidos con propósitos y actuaciones anticonstitucionales. Procedimientos de este tipo son excepcionales y la mayoría de los países no los incluyen en sus constituciones.
Tomando en cuenta nuestra historia y la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, la prohibición de partidos con fines anticonstitucionales es un elemento central de nuestra democracia militante, capaz de defenderse a sí misma. El examen jurídico de la constitucionalidad de un partido político es imperativo, si este partido pone en peligro y amenaza la continuidad de nuestra democracia. Por buenas razones, la responsabilidad de iniciar este procedimiento ante el Tribunal Constitucional Federal reside en el gobierno federal, el Bundestag (parlamento federal) o el Bundesrat (cámara de los estados), con su debida mayoría calificada.
Posdata: El título orginal de esta publicacion en el periódico Franffurter Allegemeine Zeitung fue "Por qué queremos prohibir el ala readical de la ASfD"
Aquí para quienes pueden leer el original en alemán:
Warum wir den völkischen Teil der AfD verbieten wollen
Von Cem Özdemir und Boris Pistorius / 28. August 2026 / FAZ
Wie wäre die Geschichte des 20. Jahrhunderts verlaufen, wenn Hitler und seine NSDAP 1933 nicht an die Macht gekommen wären? Was wäre geschehen, wenn man 1930 auf eine Gruppe preußischer Beamter um den Juristen Robert Kempner gehört hätte, die nicht nur die Absicht der Nazis dokumentiert hatten, die Weimarer Republik zu zerstören, sondern auch auf ein Verbotsverfahren drangen? Was wäre passiert, wenn die damalige Reichsregierung unter Heinrich Brüning ein solches Verfahren nicht abgelehnt hätte, weil man dazu „noch nicht abschließend Stellung nehmen“ könne? Ob all das die Diktatur, den Krieg und die Schoa verhindert hätte, wissen wir nicht. Wir wissen nur: Man hätte nichts unversucht lassen dürfen.
Auch heute haben wir es wieder mit einer Gefahr für die Demokratie durch extreme Rechte zu tun. Mit einer AfD, die zunehmend als rechtsextremistisch betrachtet werden muss und die in einigen Bundesländern vom Verfassungsschutz auch genauso eingestuft wird. Nun hört man allenthalben: „Die AfD ist nicht die NSDAP.“ Das mag zutreffen, doch dabei gerät ein viel naheliegenderer Vergleich aus dem Blick: Erst vor wenigen Jahren, im Jahr 2017, hat das Bundesverfassungsgericht die NPD ausdrücklich als verfassungsfeindlich eingestuft – als eine Partei, die „wesensverwandt“ mit dem Nationalsozialismus ist und die Menschenwürde missachtet.
Verboten wurde die NPD nur aus einem Grund nicht: weil sie zu unbedeutend war, um ihre Ziele erreichen zu können. Man lese dieses Urteil heute noch einmal. Es beschreibt eine völkische Ideologie, die sich von der des Höcke-Flügels in nichts unterscheidet. Nur ist die AfD eben alles andere als unbedeutend. Das Argument, das die NPD im Jahr 2017 rettete, ist heute ein starkes Argument dafür, die AfD von dem Bundesverfassungsgericht prüfen zu lassen.
Deutsch-national oder völkisch?
Doch gilt das für die gesamte AfD? In Nordrhein-Westfalen ist es auf einem Landesparteitag gerade zu einer harten Auseinandersetzung gekommen: zwischen der völkischen und der deutsch-nationalen Strömung in der AfD.
Deutsch-national, das heißt: raus aus der Europäischen Union, raus aus dem Euro, raus aus der NATO, Annäherung an Putins Russland. Eine hochgefährliche Politik, die Deutschland nicht nur tiefgreifende wirtschaftliche Schäden zufügen, sondern auch die inner- und außereuropäische Sicherheit aufs Spiel setzen würde. Die meisten politischen Positionen der Partei in der Außen-, Wirtschafts-, Klima-, Kultur- und Sozialpolitik werden von der großen Mehrheit in Deutschland nach wie vor abgelehnt.
Wer – wie die AfD – den menschengemachten Klimawandel leugnet, betreibt eine Politik, die wir für populistisch, gefährlich und wissenschaftsfeindlich halten. Dennoch kann eine solche Politik unter bestimmten Voraussetzungen mit den obersten Zielen unseres Grundgesetzes noch vereinbar sein. Deshalb tragen wir den Streit darüber in den Parlamenten und in der Gesellschaft aus, und am Ende entscheiden Wählerinnen und Wähler.
Völlig anders verhält es sich mit dem völkischen Teil der AfD. Er stellt ganz unverhohlen die Grundfesten und wesentlichen Schutzgüter unserer Verfassung infrage – vor allem die in Artikel 1 unseres Grundgesetzes garantierte und unter „Ewigkeitsschutz“ gestellte unantastbare Würde eines jeden Menschen.
Der völkische Teil der AfD macht diese Würde von der kulturellen Prägung einer Person oder von ihrer ethnischen Herkunft abhängig. Er spaltet unsere Gesellschaft in ein „wir“ und „die anderen“. Wir – das ist das „wahre Volk“, die „echten Deutschen“, mit dem richtigen Blut, dem richtigen Stammbaum und der richtigen Gesinnung. Die anderen – das sind all jene mit „falscher“ Hautfarbe, Herkunft, Religion, Lebensweise oder Weltanschauung. Für sie gibt es in einem ethnisch und kulturell homogenen Deutschland keinen Platz. Sie sollen aus Deutschland vertrieben, sie sollen „remigriert“ werden.
Wohlgemerkt: Straftäter müssen – wo immer rechtlich möglich – das Land verlassen und Gefährder mit der ganzen Härte des Gesetzes rechnen. Parallelgesellschaften müssen wir konsequent entgegenarbeiten und darauf achten, dass Regeln und Gesetze von allen eingehalten werden.
Hohe Hürden für ein Verbot
Doch dem völkischen Teil der AfD geht es nicht um ein gedeihliches Zusammenleben. Sondern um den Entzug der Staatsbürgerschaft für Menschen, die sich „antisozial“ verhalten, wie Teile der AfD in Thüringen fordern. Doch was bedeutet das? Reicht es, wenn ein Mann einen Mann liebt? Reicht es, wenn die Hautfarbe etwas zu dunkel ist? Es geht um die Abschiebung deutscher Staatsbürger, von denen viele in Deutschland geboren sind und die teilweise schon seit Generationen hier ihre Wurzeln haben. Ein solch völkisches Denken zielt auf die Menschenwürde, es ist ein Frontalangriff auf unsere freiheitlich-demokratische Grundordnung – und wirft damit zwingend die Frage nach einem Parteienverbot auf. Daneben stellen sich gravierende Fragen der nationalen Sicherheit. Die Russlandnähe der AfD halten wir für ein sicherheitspolitisches Risiko.
Dabei ist uns bewusst: Nicht Parteien, Parlamente oder Regierungen befinden über das Verbot einer Partei. Darüber entscheidet ausschließlich die höchste gerichtliche Instanz, das Bundesverfassungsgericht.
Die Hürden für ein solches Verbot sind aus gutem Grund sehr hoch. Es muss nachgewiesen werden, dass die Ziele und das Verhalten der Anhänger der AfD darauf aus sind, die freiheitliche demokratische Grundordnung zu beeinträchtigen oder zu beseitigen. Der Kern dieser Grundordnung ist in den Artikeln 1 und 20 des Grundgesetzes niedergelegt: die Unantastbarkeit der Menschenwürde und die demokratische, rechtsstaatliche Verfasstheit unseres Landes. „Die Würde des Menschen ist unantastbar“ – dieser Satz ist das Herzstück unseres Grundgesetzes und gilt für alle Menschen.
Wer die unteilbare Menschenwürde relativiert, wer Deutschsein an ethnische und kulturelle Kriterien knüpft, wer Staatsbürger in „Blutsdeutsche“ und „Passdeutsche“ unterteilt, der stellt sich außerhalb unserer Verfassung. Denn unsere Demokratie ist eine Rechtsgemeinschaft, und alle Menschen sind vor dem Gesetz gleich.
Die Deutsch-Nationalen bekämpfen ...
Die demokratischen Parteien müssen sich selbst kritisch hinterfragen. Manche Verantwortliche – uns eingeschlossen – haben Missstände zu lange nicht gesehen oder sehen wollen. Zu oft wurde auf die wachsende Unzufriedenheit in der Bevölkerung mit dem Hinweis reagiert, man müsse die eigenen Anschauungen und politischen Entscheidungen nur besser erklären. Diese Rhetorik ist gescheitert.
Gut Situierte übersehen manchmal, wie stark sich der Alltag für ökonomisch Schlechtergestellte verändert hat. Die Zumutungen durch die ökonomische Transformation und die Angst vor dem Abstieg treffen Menschen in der Industrie härter als in akademischen Berufen. Auch der Bildungssektor ist unter Druck: Wachsende Probleme an Schulen und Hochschulen können nicht mehr ignoriert werden. Wir könnten mit Stadt-Land-Unterschieden, der digitalen Transformation, Mobilität und dem individuellen Sicherheitsgefühl weitermachen.
Die Wählerinnen und Wähler der AfD sind keinesfalls alle rechtsextrem. Im Gegenteil: Während der kleinere Teil der Wählerinnen und Wähler ein geschlossen rechtsextremes Weltbild hat, wählen viele andere die Partei aus Frust, Angst oder Enttäuschung. Die Erzählung von der Protestwahl trägt indes nicht mehr. Denn die unübersehbare Radikalisierung der AfD verbietet die Ausrede, nicht zu wissen, wem man seine Stimme gibt. Die Enttäuschten und Gefrusteten zweifeln in aller Regel nicht am Grundgesetz, sehen in der AfD jedoch auch keine Gefahr für die Demokratie. Ihnen müssen wir sagen: Weite Teile der AfD sind nicht mehr deutsch-national, sondern völkisch. Sie wollen keine bessere, sondern das Ende der Demokratie.
… und die völkische AfD verbieten
Mit dem völkischen Teil der AfD ist ein gänzlich anderer Umgang geboten. Denn dieser verachtet die Demokratie. Der völkischen Ideologie können wir nicht in der politischen Auseinandersetzung begegnen. Das wäre naiv. Denn die AfD wird auch zukünftig alles daransetzen, den völkischen Teil ihrer Partei zu verschleiern, die Haltung ihrer völkischen Protagonisten zu relativieren oder umzudeuten. Aber es gibt genügend gesicherte Belege dafür, dass der Parteiflügel um Björn Höcke dieser Ideologie anhängt. Sie ist mit unserem Grundgesetz nicht vereinbar.
Um der Zerstörung der freiheitlich-demokratischen Grundordnung einen Riegel vorschieben zu können, haben die Mütter und Väter unseres Grundgesetzes die Möglichkeit des Parteienverbots eingeräumt. Parteienverbotsverfahren sind die absolute Ausnahme und den meisten anderen Ländern fremd.
Aufgrund unserer Geschichte und der Katastrophe des Zweiten Weltkriegs sind sie hingegen ein zentrales Instrument unserer wehrhaften Demokratie und betonen die Bedeutung des Rechts in der liberalen Demokratie. Die rechtliche Prüfung der Verfassungsmäßigkeit einer politischen Partei ist dann geboten, wenn diese den Fortbestand unserer Demokratie infrage stellt und bedroht. Die Verantwortung dafür, diesen gerichtlichen Schritt einzuleiten, kommt aus guten Gründen der Bundesregierung, dem Bundestag oder dem Bundesrat zu und benötigt qualifizierte Mehrheiten
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