Sartre vs. Camus: Ganar el debate después de muerto
El autor de ‘El extranjero’ no vivió para ver cómo el tiempo le daba la razón en su crítica al totalitarismo soviético. Murió en un accidente de tráfico.

De JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS, 28 de agosto / El País
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“La historia contemporánea ha creado una nueva clase de seres humanos: la de los que son confinados en campos de concentración por sus enemigos y en campos de internamiento por sus amigos”. Hannah Arendt, una de las mentes más lúcidas del siglo XX, escribió estas palabras en Estados Unidos, tras huir del nazismo en Alemania y de la deportación en Francia. Terminada la guerra, viajó regularmente al viejo continente para comprobar, por un lado, cómo muchos de sus compatriotas alemanes tomaban por meras opiniones los actos del régimen nazi. Por otro, cómo muchos filósofos franceses justificaban el horror estalinista para no dar argumentos al capitalismo, cuyos abusos se resumían en un sintagma que hizo fortuna: violencia estructural. Había estallado la Guerra Fría y un telón de acero dividía países y mentes.
Durante su gira europea de 1952 relató a su marido una visita a París con esa sinceridad reservada a las cartas: “Ayer vi a Camus; sin duda, el mejor hombre que hoy tiene Francia. Está muy por encima del resto de los intelectuales”. Y también: “En cuanto a Sartre et al, no los veré; no tendría sentido. Están completamente inmersos en sus teorías y viven en un mundo hegelianamente organizado”. Por entonces, la intelectualidad francesa -que era como decir occidental- se había polarizado en torno a sus dos figuras señeras, el novelista y el filósofo del momento, dos amigos a punto de dejar de serlo: Albert Camus y Jean-Paul Sartre. El primero era a su pesar el beato angélico de la tendencia de moda, el existencialismo. El segundo ejercía de buen grado como sumo pontífice (en versión laica: mandarín).
Semanas antes de la visita de Arendt, Camus había publicado su ensayo más famoso, El hombre rebelde, que Sartre leyó como un ataque a su fe política: los postulados del Partido Comunista, que seguía los de la URSS, es decir, de Stalin. Consciente de que su obra de teatro Las manos sucias no había gustado al aparato, prohibió su montaje en Viena para que no coincidiera con un congreso “por la paz” promovido por Moscú y al que él acudía como estrella invitada.
La paradoja es que Camus sí había sido militante del PC en la Argelia de su juventud, colonia francesa. Dos años, entre 1935 y 1937. La defensa de sus vecinos árabes, su preferencia por el sindicalismo de base y por el socialismo libertario encajaban mal en una organización vertical. Como los personajes de la última canción existencialista de Charli xcx, tanto Sartre como Camus hablaban desde un apartamento parisino: uno desde la teoría, el otro desde la vida real. Hijo de un pied noir muerto en la Primera Guerra Mundial cuando él tenía apenas un año, el futuro escritor se crio en el Argel más pobre con su madre, analfabeta, y con su abuela, una menorquina de armas tomar. Solo el empeño de su maestro hizo que no dejara la escuela para llevar un jornal a casa. Años después, su alumno le dedicaría el discurso del Nobel, culmen de una carrera cuyo primer gran hito fue El extranjero (1942).
Su talento literario y su papel en la Resistencia al frente del diario Combat fascinaron a Jean-Paul Sartre, formado en la elitista École Normale Supérieure y consagrado como autor de un ensayo capital: El ser y la nada. Con el fin de la guerra, Sartre convirtió a su amigo —y de paso a sí mismo, que había vivido la Ocupación desde la barrera— en el epítome de una nueva figura: el intelectual comprometido.
Para Sartre, el compromiso era con la causa comunista, sin fisuras, costase los sacrificios (ajenos) que costase. Todo anticomunista era “un perro”, llegará a decir. Para Camus, con la causa de la verdad y del respeto a la vida, estuvieran en el bando que estuviera. A Sartre no le gustaba, por supuesto, el Gulag, pero lo colocaba en la balanza con la pena de muerte en Estados Unidos. Además, justificaba así la violencia contra las “opresivas” democracias occidentales: el descontento debía a veces “transformarse en huelga, la huelga en reyerta y la reyerta en asesinato”. Para Camus, el fin no justifica los medios y ni una sola vida debe sacrificarse en el altar de la Historia. Ni víctimas ni verdugos: “Rusia es hoy una tierra de esclavos rodeada de torres de vigilancia. Que ese régimen concentracionario sea adorado como instrumento de liberación y como una escuela de felicidad futura es lo que combatiré hasta el fin”.
Albert Camus volcó esas ideas en El hombre rebelde, que vendió 60.000 ejemplares en cuatro meses, cifras que hoy envidiaría cualquier editor. Su éxito multiplicó el eco de la tronante ruptura que tuvo como campo de batalla las páginas de Les Temps Modernes, la revista dirigida por Sartre. A la reseña encargada a un discípulo del director ―20 páginas de ácido sulfúrico contra la “inconsistencia” filosófica de Camus, su sed de moderación y su “moral de Cruz Roja”― le siguió la irónica pero dolida réplica del aludido, condenado al ostracismo progresista por los “nuevos ricos de la Justicia”. Más tarde, la esperada contrarréplica del propio Sartre, brillante y maniquea. Por fin el mejor alumno de filosofía podía decirle al estudiante más querido de la clase que no ha entendido a Hegel.
La república de las letras dio por vencedor a Sartre. La caída de la URSS tiempo después dio la razón a Camus. “Vivir es verificar”, había escrito. No fue su caso. Murió en un accidente de tráfico en 1960. Su examigo escribió una sentida pero medida necrológica. En 1964 también Sartre ganó el Nobel, pero lo rechazó. En 1975 reclamó el dinero a la Academia Sueca para destinarlo a una iniciativa humanitaria.
Para contexto, lea la Columna Transversal de Paolo Luers, publicada en 2021
Columna Transversal: La traición
De Paolo Luers / 17 julio 2021 / El Diario de Hoy
Cuando me eduqué en la universidad y en el movimiento anti autoritario de los años 60, Jean Paul Sartre y Albert Camus fueron referentes importantes para mi generación. Sartre todavía estaba vivo (murió en el 1980) y se puso a la par de los rebeldes en el mayo parisino del ‘68. Camus ya había muerto en 1960, pero aún estaba presente en nuestra imaginario como figura heroica de La Résistance francesa contra la ocupación nazi – como defensor de las resistencias contra los gobiernos estalinistas de Europa Oriental... Muchos vieron en esta historia de Camus una contradicción: ¿Cómo podía alguien ser parte de la resistencia de la izquierda contra el fascismo y luego solidarizarse con quienes se rebelaron contra gobiernos de izquierda? Otros lo vimos al revés: ¿Cómo alguien que cambatió a la dictadura nazi y su ocupación de Francia podría no combatir la dictadura soviética y su dominio sobre los países de Europa Oriental?
Había un debate político, ideológico y filosófico, en el cual unos citaban a Sartre y otros a Camus. Una de estas tertulias la cortó en seco un amigo francés: “Dejen de enredarse en teorías. Lo de Sarte versus Camus no es un asunto filosófico, ni siquiera de teoría política, es un asunto ético.” Y me dio un librito que documentaba la fuerte controversia que acabó por siempre con la amistad entre los dos escritores.
Es cierto, el debate entre ellos era sobre ética, todo lo demás, sobre todo por parte de Sarte, era paja, pretexto, retórica. Sarte era un maestro de la retórica. Pero Camus era un maestro de la moral. ¿Qué pasó entre estos dos que dominaron la escena intelectual francesa en los años de la postguerra?
Los dos fueron voceros de la la izquierda. Y amigos. Amigos literarios sobre todo. Pero cuando Albert Camus publicó, en el año 1951, su libro “El Hombre Rebelde”, esta amistad se quebró por siempre. Camus denunció a la Unión Soviética, comparó los campamentos de prisioneros políticos de Stalin con los campos de concentración de Hitler, y denunció que en Rusia reinaba una dictadura.
La respuesta de Sartre fue un ataque personal a Camus. Sartre, defensor acrítico de la Unión Soviética, a pesar de los crímenes de Stalin, dijo que Camus era “un burgués.” Y si había nacido pobre, al criticar a la Unión Soviética había traicionado su clase.
Camús nunca lo dijo en público, pero sí en privado, a sus amigos: ¿Cómo se atreve Sartre a decirle traidor? Sarte, quien durante la ocupación alemana de Francia nunca se unió a La Résistance? Mientras Albert Camus, desde la clandestinadad escribía y organizaba la distruibución del periódico “Combat”, el órgano de la resistencia, Jean Paul Sartre escribió en publicaciones de los colaboradores de los alemanes.
Entonces, un cobarde estaba diciendo traidor al valiente, para callar la crítica a la “madre patria del socialismo”. Lo que separaba a Sarte y Camus, y a toda la izquierda francesa, resultó un asunto simple de honestidad y ética. Cuando se dio la controversia, en los años 50, fue Camus quien parecía ser el perdedor del debate y quedo aislado dentro de la izquierda. Demasiado fuerte fue el manto ideológico que no permitía disentir de la Unión Soviética. Pero a la larga, ya en el tiempo de los movimientos de rebeldía antiautoritaria, que estallaron en Paris y Berlin en mayo 1968, la percepción cambió. Por más que Sartre quería abrazar la rebelión de mayo para reivindicarse, nosotros vimos a Albert Camus como el referente ético de la izquierda.
Demasiado había pasado. La revuelta masiva de los obreros contra el régimen comunista en Alemania Oriental, en 1953. El intento de Hungría de desarrollar un socialismo propio con rostro humano, que fue aplastado por tanquetas soviéticas en 1956. Sarte siempre defendiendo lo indefendible, Camus del lado de los rebeldes.
Hagamos un salto a otro continente. En Venezuela, le pasó lo mismo a Teodoro Petkoff. Mientras los intelectuales comunistas de Venezuela hicieron análisis y debates, Petkoff se unió a la guerrilla de Douglas Bravo. Cayó preso varias veces. En 1969, un año después de que tropas soviéticas pusieron fin al experimiento de un socialismo democrático en Checoslovaquia, Petkoff escribió en la cárcel su libro “Checoslovaquia: el socialismo como problema”, condenando la invasión soviética y criticando al Partido Comunista de Venezuela por defender lo indefensible.
Igual que Camús casi 20 años antes, Petkoff fue atacado como traidor a la revolución – por un montón de personas que nunca habían movido un dedo por la revolución...
Conociendo las historias de Albert Camus y Teodoro Petkoff, nunca me agarraron de sorpresa el montón de oportunistas quienes tildaron de traidores a quienes, luego de participar durante la guerra civil en el movimiento rebelde, expresamos críticas al FMLN por defender incondicionalmente al régimen cubano y a los dictadores Chávez, Maduro y Ortega. Y muchos de estos ataques vinieron de personas que a saber dónde estaban cuando aquí asustaron...
Y como en aquel tiempo de los complejos debates en Francia entre Sartre y Camus, también ahora y aquí no es un asunto filosófico, sino un simple asunto de decencia. La decencia dicta condenar dictaduras de cualquier tipo.
Entonces, ¿quiénes son los traidores?
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