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La milagrosa resurrección de un viajero. Columna Transversal
Un globetrotter alemán y su resurrección en México. Un cuento.
De Paolo Luers, 27 de junio de 2026 / SitioPaolo
LA COLUMNA EN LA VOZ DE SU AUTOR,en este LINK

A mediados de abril, un viejo amigo alemán me preguntó si podría ir a ver a un paisano que estaba tirado en una cama de cuidados intensivos en un hospital mexicano. Resulta que cuando el hombre, que había llegado a México para grabar entrevistas para un documental, ya estaba sentado en el avión que lo iba a llevar de regreso a Alemania, una azafata se dio cuenta de que se encontraba en muy mal estado y claramente desorientado. El piloto decidió bajarlo del avión; era demasiado peligroso llevarlo en este estado crítico en un vuelo de 10 horas a Frankfurt. El viajero terminó en el hospital, por suerte en uno de los mejores de México. Allí se constató que había sufrido un infarto de miocardio anteriormente, que aún tenía secuelas. Ahora, además de un nuevo infarto, tiene una neumonía grave. Casi no pudo respirar. Debido a su estado crítico, que se estaba rápidamente empeorando, los médicos lo pusieron en coma y en respiración asistida.
Todo esto me contó el amigo, un médico experimentado, compañero mío de muchas aventuras. Yo le dije que por supuesto iba a visitar al hombre y luego reportarles cómo lo había encontrado y qué me dijeron los médicos. Al fin, no pude visitarlo, porque no había quien autorizara que un extraño visitara a un paciente en coma. La familia no había mandado una autorización al hospital.
Lástima, me dije, pero ni modo. De vez en cuando recibía desde Alemania la noticia de que todo seguía igual. El hombre en coma, los médicos preocupados.
Ya casi me olvidé de mi paisano – hasta que un día, seis semanas después, me entra una llamada al WhatsApp de un número alemán desconocido. Contesto y una voz un poco ronca me dice, en alemán: "Bin wieder am Leben" (estoy vivo, resucité). "Me dijeron que querías visitarme. ¿Puedes este fin de semana?"
"Claro que puedo. Con gusto. ¿Necesitas que te traiga algo?"
"Unos jugos de fruta, ya no aguanto estas bebidas insípidas que me dan aquí. Y algo para leer. ¿Por qué no me traes tu famoso libro?"
Vaya, el medio muerto sabe algo sobre mí. Más curiosidad me da para conocerlo. Dos días después, voy al hospital. En mi mochila, jugos de diferentes sabores y el libro. Me presento en la oficina de Trabajo Social para recoger el carnet de visitante. Me recibe un señor que, al solo verme entrar, se levanta, me saluda de manera muy cordial y dice: "Usted debe ser el paisano de nuestro paciente resucitado. Ahora mismo lo voy a llevar a verlo." Caminando por los pasillos del hospital, me cuenta la historia de este paciente, con el orgullo de alguien que se siente parte del milagroso renacimiento de un extraño, que ahora, según mi guía, es el consentido de todo el personal: los médicos, las enfermeras, los camilleros...

Al solo entrar a la sala me doy cuenta de que realmente es un milagro lo que pasó aquí. Veo al paciente sentado en su sillón al lado de su cama. Si no fuera por la bata que lleva, no tendría apariencia de enfermo. Está en medio de una animada conversación telefónica. Sólo me saluda agitando su mano y sigue hablando en alemán. Hay un doctor y una enfermera en la sala, atendiendo a otro señor. Al verme, piden a su paciente permiso y vienen a saludarme. "¿Usted es familiar o amigo?", me pregunta la enfermera. "Nadie vino a ver al pobre, ya era tiempo."
"No", les explico, "ni siquiera lo conozco", y les cuento cómo me contactaron desde Alemania, buscando que alguien aquí en México esté pendiente de él, y por qué no pude venir antes.
El médico comienza a contarme todo el historial médico del paciente. Luego llama por teléfono a un colega para que venga. Viene uno de los doctores que lo habían recibido en emergencia y atendido por cinco semanas en cuidados intensivos. Me suelta un montón de palabras de doctores sobre el diagnóstico, los exámenes que le hicieron y los tratamientos que probaron hasta dar con el correcto. Cuando ve que me tiene perdido, se ríe y dice: "En fin, estaba grave, era complicado, pero logramos salvarlo..." Recibe una llamada y va corriendo a atender, sepa Dios qué emergencia.
Por fin el paciente ha terminado su llamada telefónica y trata de levantarse para saludarme. Le cuesta. Le digo que mejor siga sentado – y así nos abrazamos. Me ponen una silla y, sentados frente a frente, comenzamos una larga plática. El hombre se ríe de sus aventuras médicas. "Mire qué bien me atienden aquí..." Abandonamos rápido el tema médico y hablamos de amigos comunes, de viejos compañeros del movimiento de solidaridad en los años 80. Resulta que me ha visto en una asamblea del comité de solidaridad con El Salvador, cuando llegué de visita a Alemania poco después de la firma de los Acuerdos de Paz. En aquella asamblea me tocó explicar a los activistas de solidaridad la razón por la cual negociamos la paz – en vez de seguir "hasta la victoria siempre", como rezaba la consigna. Recuerdo bien esta discusión, que se puso bastante incómoda, cuando alguien me dijo que nosotros les prometimos ganar la revolución – y los traicionamos. Perdí la paciencia y les dije que cómo era eso: que ellos pasaron bien galán aquí en Alemania discutiendo en los cafés y bares, mientras que yo arriesgué mi pellejo en la guerra – ¿y ahora me dicen traidor? "¿Acaso ustedes tienen una receta de cómo podíamos haber ganado esta guerra?" El paciente se ríe a carcajadas y dice: "Éramos todos muy jóvenes, muy locos y muy fanáticos e ignorantes." Y me cuenta que luego viajó muchas veces a Centroamérica, también a El Salvador, y comenzó a entender la historia de estos países. Dos veces visitó mi bar La Ventana en San Salvador. Bueno, yo no me acuerdo de él; por La Ventana pasaron cientos de internacionalistas como él. Los sandilistas los llamaron nuestros meseros...
En unos pocos días hará por fin el vuelo a Alemania, esta vez acompañado por un médico especializado en transporte de enfermos. Va a pasar un tiempo en un hospital en Frankfurt hasta que pueda retomar su vida normal. Ya habla de nuevos viajes a América Latina. "No jodás", le dije, " mejor calmáte, ya has tenido dos infartos; quédate tranquilo, la próxima vez no vas a sobrevivir, la tercera es la vencida." Solo se ríe.
Nos abrazamos y me voy. En todo el trayecto a mi casa voy pensando en las aventuras de este hombre dinámico, inquieto y cagado de chiste que se siente inmortal.
Tienen razón quienes siempre me dicen que somos locos los cheles...
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