Volver a Columnas

¿Está el fútbol perdiendo su alma? De Paolo Luers

Sobre la excesiva comercialización del fútbol internacional.

¿Está el fútbol perdiendo su alma?

El audio para escuchar la columna en la voz de su autor, en este LINK

El Estadio Azteca

De Paolo Luers / 12 de junio 2026 / SitioPaolo

No voy a escribir la historia de los orígenes del fútbol en los barrios de obreros de Inglaterra. No es necesario. Me remonto a mi propia experiencia en Alemania. Desde muy joven me fascinó la cultura de fútbol del Ruhrgebiet, el entonces corazón de la industria alemana en la cuenca del rio Ruhr, con sus minas de carbón y sus fábricas de acero. Sus dos clubes insignia, el Schalke 04 y el Borussia Dortmund, estaban profundamente enraizados en los barrios grises de los mineros y los trabajadores de las plantas siderúrgicas. Esta cultura proletaria fue emblemática para todo el fútbol alemán. Los estadios eran las catedrales de los trabajadores. Cuando fui por primera vez al estadio Bremer Brücke, sede del club local VfL Osnabrück, tenía 14 años. La entrada me costó 3 marcos, monto ridículo que me gané en una sola madrugada de repartir el periódico en nuestro barrio.

Cuando el Mundial llegó a Alemania en 1974, yo estuve trabajando en la fábrica de lámparas de Osram en Berlín. Con un grupo de 8 colegas fuimos a Dortmund para ver a Brasil jugando contra Holanda -la temible "Naranja Mecánica", que con su "totaalvoetbal - fútbol total" estaba revolucionando el juego. Compramos entradas preferenciales por 30 marcos, equivalente a $11. Esto me lo ganaba en menos de dos horas en la fábrica. Correspondía a 3 jarras de cerveza de un litro en el Oktoberfest de München. En estos dos días en Dortmund, cada uno de nosotros gastó tres veces más en cerveza que en la entrada al partido Holanda-Brasil, el más importante de la segunda ronda que dio a Holanda la entrada a la final que el equipo de Johan Cruyff terminaría perdiendo 1:2 ante el equipo alemán de Franz Beckenbauer, Paul Breitner y Gerd Müller.

Del Westfalenstadion de Dortmund siempre se dijo lo mismo que hoy se dice del Estadio Azteca en la Ciudad de México, donde ayer fue inaugurado el Mundial 2026: El principal actor es el estadio con su increíble público que celebra el fútbol con una intensidad y pasión como en pocos lugares. Dicen que el Westafelenstadio y el Azteca sólo son comparables con el Anfield Stadium de Liverpool, sede de otro club profundamente anclado en la cultura proletaria de esta ciudad industrial y portuaria.

Westfalenstadion Dortmund
Anfield Road Stadium Liverpool

La diferencia entre el Westfalenstadion 1974 y el Azteca 2026 es abismal. Ningún trabajador pudo entrar al Azteca el 11 de junio. Los boletos más baratos eran de 6700 pesos mexicanos, equivalentes a $370, que es más que el salario mínimo en este país. Con estas tarifas pudieron tal vez entrar algunos trabajadores, sacrificando sus ahorros - pero muy pocos, porque estos boletos se agotaron el primer día de venta pública. La gran mayoría de los 80 mil que llenaron el Azteca habrán pagado entre 50 mil y 500 mil pesos (3 mil y 30 mil dólares). Y así será la cosa en todos los 104 partidos en todas las locaciones de Canadá, Estados Unidos y México. La gente común y corriente -o sea los más fieles seguidores de sus equipos locales y nacionales- está de facto excluida de los estadios. Los estadios ahora son catedrales de los ricos y famosos, que se toman selfies con el background del estadio, o -en el caso de los más pudientes- con los famosos del fútbol mundial en la sección VIP.

Los mexicanos de a pie, si no estaban participando en marchas de protesta social en los alrededores del Azteca, estaban viendo y celebrando en la decena de fan festivals, en bares, en reuniones familiares o entre vecinos (como el de la venta de verdura y frutas en mi vecindario en Coyoacán). En la plaza principal de la Ciudad de México, el Zócalo, se concentraron unos 100 mil mexicanos y algunos turistas para celebrar el fútbol.

Hay una especie de apartheid social en el fútbol, sobre todo en la parte del Mundial que tiene como sede Estados Unidos. No solo los exorbitantes precios imponen esta segregación, también las políticas de Trump y de la FIFA. Con el ICE vigilando los aeropuertos, las estaciones de tren, los terminales de buses y las entradas a los estadios, pocos inmigrantes latinos, asiáticos o africanos se atreven a acercarse a este mundial, ni siquiera a las pantallas gigantes en las plazas públicas. Estarán viendo los equipos de sus países encerrados en sus casas.

Muchos ya hablan de la necesidad urgente de reformar la FIFA, que se ha vuelto una maquinaria comercial (para no decir una mafia) y todo el concepto de los mundiales de fútbol, luego de las experiencias de Catar y Estados Unidos. Será difícil, porque hay intereses económicos y políticos demasiado grandes de por medio.

Yo hoy en día ni loco me acercaría a un estadio de fútbol. Lo de Dortmund 1974 me queda como una memoria de tiempos dorados que nunca volverán. Pero el fútbol como religión de los pobres sigue vivo en los barrios africanos, latinoamericanos, pero también en los suburbios de París y Marsella y en los clubes de ligas regionales de Inglaterra, Alemania, España y Francia. De todos modos, de ahí es que vienen los talentos que luego los clubes comerciales compran y desarrollan. El fútbol no muere, pero sí una buena parte de su encanto y su función social.

Mientras tanto, veré los partidos más importantes del mundial 2026 en mi casa, en televisión. Cuesta más o menos lo que en 1974 costaba ver a la "máquina naranja" desarmar al jogo bonito. Pero jamás será igual que ver y sentirlo en un estadio lleno de iguales.

Este es contenido exclusivo para suscriptores de PAOLO. Accedé gratis si sos estudiante o estás desempleado/a. Tu lectura también es resistencia contra la censura.

Este contenido es para suscriptores

¿Sos estudiante o estás desempleado/a? Accedé gratis. Tu lectura también es resistencia.

Únite a la resistencia
Columnas anterioresGuardar en favoritos
z