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El Centro, Muro de Contención contra los Ultras. De Paolo Luers
El mapa partidario dn América Latina.

Columna Transversal de Paolo Luers / 6 de junio 2026 / SitioPaolo

¿Por qué muchos de los países latinoamericanos tienen tan poca resistencia al surgimiento -y la llegada al poder- de personajes y movimientos de la nueva derecha? Estoy hablando de una derecha profundamente autoritaria y corrupta, en la cual confluyen el libertarismo, el cristianismo patriótico, un nuevo tribalismo de tecno-oligarcas y otras expresiones de antidemocracia disfrazada de antipolítica. Estas fuerzas emergentes se mezclan felizmente con la ultraderecha clásica de corte fascista. Comparten la sed de poder total para luego dedicarse a la corrupción. Están ocupando el espacio de la derecha, desplazando las derechas tradicionales de corte conservador o liberal, que ya no tienen credibilidad. Ya pasó en Argentina, El Salvador y en Chile. Está pasando en Ecuador, Colombia, Costa Rica. Está anunciándose en Brasil. Primeros indicios se dan en México, en Guatemala. Y si el loco de Evo Morales tiene éxito con su campaña de derrocar al gobierno de centroderecha de Rodrigo Paz, los ultras de ambos extremos están listos para tomar el poder.
No es suficiente constatar que los partidos tradicionales están colapsando, perdiendo representatividad y dejando espacio a los populismos autoritarios. Esto es cierto, pero no dice mucho. El problema es más de fondo. En países con larga trayectoria democrática existe un centro compuesto por una variedad de tendencias: derechas democráticas de corte liberal o conservador; una izquierda democrática de tendencia socialdemócrata; movimientos ecológicos tipo Los Verdes de Alemania y otros países europeos. Todos estos habitantes del centro tienen marcadas diferencias entre ellos – pero cierran filas contra los extremos de vocación autoritaria. Durante décadas contra la izquierda comunista, ahora contra la ultraderecha.
Donde existe un fuerte centro de este tipo, siempre puede surgir una extrema derecha, pero se enfrenta a un muro de contención sostenido por socialdemócratas, democratacristianos, liberales, conservadores y Verdes. En Alemania este muro se llama Brandmauer - el muro cortafuego. La ultraderecha está creciendo, incluso llegando al punto de ganar elecciones regionales, pero el muro cortafuego no la deja participar del poder. No hay colaboración con el partido de ultraderecha, la AfD, en el trabajo legislativo ni en gobiernos locales. Esta es la doctrina de la Brandmauer.
En Francia existe algo parecido, aunque mucho menos sólido. En las últimas elecciones parlamentarias funcionó una alianza entre las fuerzas democráticas y ha logrado evitar que el partido neofascista ganara mayoría parlamentaria y pudiera formar gobierno. Los partidos del centro acordaron candidaturas únicas en cada circunscripción. Habrá que ver si funcionará en la elección presidencial de 2027 la idea de una candidatura única contra el candidato de la ultraderecha. El problema es que en Francia este centro no es sólido. Los socialistas están con una pata en el centro, con la otra en un frente común con la izquierda radical. Igual los conservadores: tienen acuerdos con el centro para defender la democracia, pero muchos de ellos están buscando salvarse haciendo alianza con la ultraderecha.
El centro democrático plural sólo funciona como baluarte para frenar a la extrema derecha si se logra romper con la vieja mentalidad de bloques. Esta marcaba durante décadas el mapa político: un bloque de izquierda contra otro de derecha, cada uno incluyendo fuerzas democráticas y fuerzas radicales. Es el sistema de la polarización estéril.
Este esquema fue vigente en Italia y permitió que llegara al poder la señora Meloni, que lidera el partido neofascista. Ella no obtuvo la mayoría, pero no la necesitaba. Se la dieron los demás partidos de derecha. Si el centro se hubiera unido contra ella, Meloni no hubiera llegado al poder.

En España está muy fuerte el viejo esquema de bloques. El Partido Popular PP ya forma gobiernos regionales con los ultras de VOX y no tendrá asco de hacerlo a nivel nacional, si le dan los números. Los socialistas están aliados con una gama de fuerzas de izquierda populista y movimientos separatistas – y así se mantiene en el poder Pedro Sánchez. A nadie en el PSOE ni en el PP se le ocurre aprovechar la sólida mayoría que juntos tendrían para cerrarles el paso a los nacionalistas de VOX y los separatistas y populistas de izquierda. Parece que al fin llegará en España al gobierno una alianza entre el ala más reaccionaria del Partido Popular y VOX, que comenzará a sabotear la Unión Europea e implementar una política anti migrante. Lo mismo puede pasar en Francia, si el centro no cierra filas.
En América Latina, las democracias son aún menos resilientes, porque no hay cultura del centro político. Ser del centro es visto como claudicación, como buscar alianzas a veces con la izquierda, a veces con la derecha, según conveniencias. Las izquierdas democráticas son débiles, porque nunca se atrevieron a desmarcarse consecuentemente de la izquierda autoritaria. Basta ver cuánto les cuesta condenar, sin rodeos, las dictaduras en Cuba, Venezuela y Nicaragua.
Por otra parte, a las viejas derechas latinoamericanas, sea que se llamen liberales o conservadores, les cuesta entender que sus verdaderos enemigos, los que los van a destruir o los van a devorar, son las nuevas derechas. Miren lo que ha quedado de la gente de Macri en Argentina: cómplices de Milei. Lo mismo en Chile. Lo mismo en Colombia. Lo mismo en Estados Unidos, donde el movimiento MAGA de Trump se ha apoderado del Partido Republicano.
En El Salvador, Arena nunca trató en serio desmarcarse de su ala más reaccionaria y autoritaria. A los sectores que querían construir una fuerza de izquierda democrática al estilo socialdemócrata les costó cortar el cordón umbilical con el Frente. Por esto fracasaron. Resultado: Cuando surgió la figura demagógica de Bukele, no hubo un centro político para frenarla.
En América Latina hay que repensar a fondo el concepto de partidos y abandonar el esquema de bloques de derecha e izquierda. De todas formas ya no tienen carácter ideológico, sino son instrumentos de corrupción. Es más, hay partidos, tanto de derecha como de izquierda, en cuyas filas hay una insana convivencia de tendencias democráticas y tendencias autoritarias. Arena y el FMLN son ejemplos de esto. Los reformistas de ambos bandos tuvieron miedo de dividir a sus partidos, incluso cuando era necesario hacerlo para construir un centro sólido y resiliente contra las tentaciones populistas y demagógicas. En algunos países todavía hay tiempo de hacerlo. En otros esta reconfiguración del mapa partidario sería la condición para salir de la autocracia y recuperar la democracia. Venezuela está ahora justamente en esta situación, y algún día lo estarán Cuba, Nicaragua y El Salvador.
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