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El “prestigio” se compra. La verdad incomoda. De Carmen Rodríguez

Nuestra corresponsal en Washington, DC escribe sobre como la trataron en un evento de la embajada salvadoreña en Estados Unidos.

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El “prestigio” se compra. La verdad incomoda

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Carmen Rodriguez

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De Carmen Rodríguez / desde Washington DC para el Sitio Paolo / 26 de septiembre 2026

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Algunos construyen su trayectoria y prestigio con trabajo arduo, con una carrera; otros, con diplomas y reconocimientos pagados, fotos arregladas o posadas y chismes creados para dañar a otros. Y hay quienes los construyen con la verdad, aunque incomode.

La ilusión de un periodista no es caerle bien a todo el mundo. Mientras más incomodan sus preguntas, más se acerca a la verdad y a la justicia, y una de las cosas que un periodista aprende de esta profesión es que, si está haciendo las preguntas correctas, alguien definitivamente se va a molestar.

Hoy es común que, si a alguien no le gusta lo que publicaste, criticaste o revelaste, tome el camino más fácil: contar una versión conveniente, incompleta o falsa de tu historia y dejar que el rumor y el chisme hagan el resto. Este es un sistema extraordinariamente eficiente en tiempos de redes sociales, donde la verdad se retuerce al antojo de los que no tienen argumentos.

Llegar a formular una pregunta le cuesta al periodista horas de investigación. Un documento requiere días de trabajo y corroboración. Verificar una fuente puede tomar semanas o hasta meses. En cambio, un chisme tarda el tiempo que toma enviar un mensaje por WhatsApp.

La confirmación por parte de la embajada

Hace un par de semanas recibí una invitación a un “histórico” evento de la Diáspora Salvadoreña en el Congreso, en Washington DC, my backyard. Aunque no era una invitación para cubrirlo como prensa, me interesaba el cómo, el cuándo y el dónde. Como lo requería la invitación, hice mi RSVP, o sea, acepté formalmente, y cuando recibí el correo de confirmación puse el evento en mi calendario.

Unos dos o tres días antes del evento, recibí un WhatsApp con una imagen que promovía ese mismo evento, pero no fue sino hasta un día antes cuando una amistad me dijo: “Mirá, es organizado por la Embajada de El Salvador. Andá, va a estar interesante”. Y como ya estaba confirmado mi registro, decidí asistir.  

Nunca imaginé que mi presencia desataría todo un episodio de la Rosa de Guadalupe entre mis compatriotas. Cuando llegué al salón en el Rayburn House Office Building, me encontré con un colega, ex compañero de universidad y ahora periodista de trayectoria construida a base de esfuerzo y propietario de un medio de comunicación que dedica parte de su trabajo a resaltar los logros de nuestra diáspora.

Mientras conversaba con él, pude notar la enorme incomodidad y molestia del jefe adjunto de la embajada de El Salvador, Cesar Aguilar, y enseguida observé cómo este funcionario se acercó a la mesa de las edecanes. Por supuesto, el embajador adjunto no perdió la oportunidad de darme unas miradas filosas, de esas que, generalmente, se atribuyen solo a las mujeres dolidas o encachimbadas.

César Aguilar, jefe adjunto de la misión salvadoreña en Washington

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Mi sospecha que este funcionario había dado instrucciones de no dejarme entrar al evento, porque al acercarme a la mesa de las edecanes, estas ni siquiera revisaron la lista de asistencia y registros, de una vez me dijeron que mi nombre no estaba en la lista. Pero para mala suerte de los empleados de la embajada, una señora muy amable se acercó a mí para llevarme al salón y pedirme que me sentara en una de las mesas.

Aproveché para saludar a algunos salvadoreños a quienes he entrevistado en el pasado y quienes representan un gran ejemplo de resiliencia, superación, trabajo y esfuerzo entre nuestra comunidad y entre la comunidad latina del DMV (el área que comprende el Distrito de Columbia, Maryland y Virginia).

El evento pasó. Me fui a casa a preparar mi maleta para un viaje de trabajo. Mientras yo volaba seis horas sin saberlo, corría el chisme de la semana entre la comunidad asistente al evento: la embajadora salvadoreña no había asistido al evento en cuestión por culpa de la periodista infiltrada, o sea, yo, que se había metido al salón del Congreso a la fuerza y sin invitación, buscando increpar a la funcionaria.

Me quedé como sin palabras. Sorry, not sorry.

Por supuesto que sé a qué se debe el drama. No es secreto que mi carrera destaca por mis críticas fundamentadas, documentadas y enfocadas en la búsqueda de la verdad; y aunque no quería hacer de esta columna una historia personal, los periodistas no podemos separar lo personal de lo profesional y parte de contar la verdad es contar aquello a lo que estamos expuestos, en tiempos en que el chisme corre más rápido de lo que uno tarda en abrir un video de TikTok.

Durante mucho tiempo, muchos periodistas optamos por el silencio ante los chismes, las mentiras, las difamaciones y los insultos. Pero hay momentos en los que la verdad necesita un canal de difusión. Estamos en una era en la que muchos no toleran la libertad de expresión ni el pensamiento crítico, en la que algunos, a fuerza de chismes, quieren escribir la historia de otros.

Y esos compatriotas de la diáspora que no toleran el pensamiento crítico independiente y que diseminan chismes infundados, son los mismos que compran los reconocimientos, las notas empresariales, los diplomas y los títulos filantrópicos con los que construyen su “prestigio y trayectoria”.

Pensar diferente o criticar a quienes están en el poder no nos hace menos salvadoreños.

Cuando la comunidad, la diáspora, se divide y se enfoca en chismes, los que ganan son los que tienen el poder concentrado.

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